Caminar Punto de Vista

Amar con amor

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Amar con amor
Jóse Nelsón Durón V.
El título parece una cacofonía, pero, pensándolo bien, es un mandato del Señor que este domingo debería retumbar en el mundo: “Les doy un mandamiento nuevo: que se amen los unos a los otros, como yo los he amado; y por este amor reconocerán todos que ustedes son mis discípulos” Es una prolongación en el tiempo de la misión dejada a la Iglesia por el Señor Jesús, que dice: “El Reino de Dios ya está entre ustedes” y que Pablo y Bernabé anunciaban, diciendo que “hay que pasar por muchas tribulaciones para entrar en él” El Reino es una tarea de todos; el amor es un compromiso de todos; un amor desprendido de sí, generoso, no interesado, auténtico; tan real y sincero como el del Señor Jesús, que hasta permitió que le mataran para salvarnos. Este es el amor que debería prevalecer en la pareja, familia, sociedad y en toda circunstancia y ocasión en que el ser humano se agrupa; aunque también el Señor nos urge a amarnos a nosotros mismos, como estancia suave donde reside el amor, la comprensión y confianza en los demás, porque conociéndonos aprendemos a comprender a los demás. Interactuamos con nuestros prójimos por la familiaridad, cercanía y vecindad, o por la sola tangencia en un mundo tan agitado y separado, con excepción del eufemismo del internet. Lo cierto es que no estamos solos, como islas vivientes indiferentes, sino como almas que afectan al prójimo, para bien o para mal. He allí el sentido de las meditaciones que a lo largo de los dos milenios de vida de la Iglesia se han realizado acerca de ese Reino que ya está entre nosotros. En efecto, desde el punto de vista de la eclesiología, la Iglesia, custodia del depósito de la fe y prolongadora del amor de Dios, es en la tierra una imagen del Reino, tallada en la historia para pervivir, como exulta el Salmo 145 (144): “Te darán gracias, Yahveh, todas tus obras y tus amigos te bendecirán; dirán la gloria de tu reino, de tus proezas hablarán.Tu reino, Señor, es para siempre,y tu imperio,por todas las generaciones” y es, nos dice el Apocalipsis, semilla y germen de la nueva Jerusalén que bajará del cielo para casarse con su amado: quien a Él ama.
La interacción humana es más visible en la familia, en cuyo seno Dios nos ha sembrado; en la escuela, colegio y universidad, donde nos relacionamos y aprendemos; en el trabajo, el matrimonio, deporte y política, donde debemos compartiraquello que hemos aprendido y recibido. Somos responsables del curso de la historia, del cultivo del Reino, de cuidar la Viña y de propagar el mensaje. No se trata de tener dos caras; ser villano indiferente en la mundanidad e hijo pródigo y arrepentido en el templo. No. Las trampas que ponemos y las balas que lanzamos nos alcanzarán algún día; aunque el abrazo suave del Padre siempre está disponible. Y esto es algo que no solamente se enseña y se aprende; se sabe.Dijo Aristóteles: “Saber es recordar”, reconociendo que en lo más íntimo de nosotros bulle la sabiduría infusa, percepción natural del conocimiento infundido por Dios en Sus hijos. El instinto mismo, tantas veces mal explicado por considerarlo solo como reacción, es una seña indeleble de sucesos pasados y sabiduría vital aprendida. Entonces, los barbudos a poner las barbas en remojo y los lampiños a lavarse la cara, porque en el Reino alegar desconocimiento no es válido y corremos el peligro de que nuestras malas obras, fruto del caminar errático, nos conduzca a la soledad eterna construida por el egoísmo humano, donde los gritos extemporáneos rebotarán con ecos lastimeros en las paredes del desconocimiento divino (Mt 10,33). Es mejor amar con amor, solidaridad y comprensión. Para eso estamos aquí.

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