Homilia

Homilía del Domingo 17 de Abril de 2016

p3homiliaHomilía del Señor Arzobispo para el Cuarto  Domingo de Pascua
“Yo doy la vida eterna a mis ovejas”
De las varias imágenes que intentan describir quién es Jesús para  nosotros (el Cordero, el Señor, el Rey, la Piedra angular, el Hijo del Hombre, la Luz, el Siervo, la Verdad, la Vida, la Puerta), en este domingo IV de Pascua, cada año, se nos presenta Jesús como el Buen Pastor, siguiendo el capítulo 10 del evangelio de Juan.
En el libro de los Hechos, esta vez los protagonistas son Pablo y Bernabé, cuando predicaron en Antioquía de Pisidia, en la actual Turquía, en el transcurso de su primer viaje apostólico.
En esta ciudad, hay una doble reacción: los paganos que escucharon la Buena Nueva “se alegraron mucho y alababan la Palabra de Dios”. Pero algunos judíos, llenos de envidia y celos, promovieron una persecución contra Pablo y lograron su expulsión de la ciudad. No se acobardaron: marcharon a otras poblaciones, a proseguir su evangelización. Es interesante notar una especie de estribillo que Lucas repite al final de muchas escenas: “los discípulos quedaron llenos de alegría y de Espíritu Santo”.
El salmo responsorial tiene, por una parte, palabras de alabanza a Dios, por la universalidad de su salvación: “aclama al Señor, tierra entera… el Señor es bueno, su fidelidad por todas las edades”, y, por otra, anticipa ya el tema del “buen pastor” y por tanto de las “ovejas o del rebaño”, porque nos hace repetir como estribillo: “Somos su pueblo y ovejas de su rebaño”, tomadas del mismo salmo.
La visión del autor del Apocalipsis es voluntariamente optimista: hace que las miradas de los cristianos de su época y de la nuestra se dirijan al cielo, donde ya está gozando de Dios “una muchedumbre inmensa, de toda nación y lengua”.
Estos bienaventurados participan de la victoria de Cristo, “vestidos de vestiduras blancas y con palmas en sus manos”, y están “de pie delante del trono de Dios y del Cordero”, cantando alabanzas y con acceso a las “fuentes del agua de la vida”. Ya para ellos todo es gloria y alegría: “y Dios enjugará las lágrimas de sus ojos”.
En el evangelio de hoy oímos las palabras con que Jesús revela cada vez con mayor profundidad su propia identidad, en la fiesta de la Dedicación del Templo.
Por una parte, la persona de Jesús no se entiende sin su relación íntima con el Padre: “yo y el Padre somos uno”. Por otra, su relación con la humanidad la describe con la metáfora del pastor y el rebaño de ovejas: afirma sobre todo que “mis ovejas escuchan mi voz y yo las conozco”, “ellas me siguen y yo les doy la vida eterna”, y que es el mismo Dios quien le ha dado esas ovejas y “nadie puede arrebatarlas de la mano de mi Padre”.
Jesús se nos presenta como el Buen Pastor. En verdad puede hacerlo porque siempre, en su vida, ha actuado como tal: conoce a las personas, las defiende, no quiere que ninguna se pierda, les da la vida eterna y, finalmente, ofrece su propia vida por ellas. No ha rehuido ningún trabajo: se ha entregado generosamente por todos.
Por parte de él, las afirmaciones básicas de hoy son: “yo las conozco”, “yo les doy la vida eterna” y “nadie las arrebatará de mi mano”. Son palabras que hablan de cercanía y de entrega total. La vida que le comunica a él su Padre, Dios, la comunica él a su vez a todos nosotros.
La comparación queda todavía más profundamente aclarada cuando en el Apocalipsis se nos muestra como el “Cordero”. El Cristo que, como un Cordero, ha sido inmolado en la Cruz, voluntariamente, es el que mejor puede decir que es el Buen Pastor y que da la vida por sus ovejas. Precisamente porque se ha entregado, puede ir delante, guiar y dar la vida a sus ovejas: “el Cordero será su Pastor y los conducirá a las fuentes del agua de la vida”.
Somos “ovejas rescatadas con su Sangre” (poscomunión), nos conoce a cada uno, somos un “pequeño rebaño” (oración), pero contamos siempre con su ayuda y guía, su acompañamiento y su defensa. Podemos estar ciertamente orgullosos y agradecidos por pertenecer a su comunidad.
No es esa ciertamente la intención de Jesús al compararnos a un rebaño, porque resalta otras cualidades que podemos copiar de unas ovejas fieles a su pastor.
En el “domingo del Buen Pastor” haremos bien en examinarnos si nosotros somos “buenas ovejas”, buenos discípulos de Cristo Jesús, si le conocemos, si le escuchamos, si le seguimos.
Hay todavía otro aspecto que nos hace pensar. Como el Buen Pastor se ocupa de todas las ovejas y ha dado su vida por todas, así la Iglesia intenta ser universal y anunciar a todos los hombres la Buena Nueva, con la perspectiva ideal que ya nos presenta el Apocalipsis: una muchedumbre inmensa de toda raza y lengua, que ya gozan de Dios.
Esto nos estimula a “chequear” hoy nuestro corazón y ver si es tan misionero y universal como el del Buen Pastor, si en las relaciones entre jóvenes y mayores, entre sacerdotes y laicos, entre personas de distinta raza y lengua, entre nativos e inmigrantes, podemos decir que tenemos esa actitud parecida a la de Cristo o a la de Pablo y Bernabé.

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