Editorial

Editorial del Domingo 10 de Abril de 2016

p4editorialNiñez y juventud vulnerables
Cada hondureño debe vivir, en plenitud, la verdad sobre su condición de ser humano: el respeto a todos sus derechos inalienables, para que pueda ejercerlos con libertad y responsabilidad. Además, que sea capaz de optar por la trascendencia y la solidaridad, de manera que sepa servir a Dios y a los hombres, con generosidad y amor.
Para lograr el objetivo que a cada hondureño se le respete su dignidad humana, existen las leyes y las organizaciones sociales y estatales que la promuevan. Pero también se advierten muchas carencias esenciales que orillan a los niños (menores de 18 años)y a los jóvenes (18 años en adelante)a asumir riesgos que impiden su normal desarrollo.
Las condiciones de pobreza en que viven casi 6 millones de hondureños, y la poca disponibilidad de obtener empleo permanente, crea situaciones límite, especialmente para los niños y jóvenes. El problema comienza con la ausencia de una familia que les ayude en la satisfacción de sus necesidades, por lo que se ven empujados a sobrevivir de lo que puedan obtener por sus propios esfuerzos.
La ausencia de padre y madre, en muchos casos se debe, a que ambos han emigrado en búsqueda de un trabajo en Norteamérica y España, dejando a sus hijos a cargo de personas que no se interesan por ellos.O aun estando los padres en el país, son víctimas del desempleo, o de una salud precaria, o están obligados a sostener una familia amplia. Todas estas situaciones adversas condicionan la determinación de los niños y jóvenes de vivir en la calle, lo cual es evidente en Tegucigalpa y San Pedro Sula, donde pueden verse durmiendo en aceras y parques, durante la noche. Y en el día,en las esquinas más llenas de tráfico en donde practican la mendicidad, o se dedican a realizar malabarismos circenses, a cambio de unas cuantas monedas.
La calle es la peor escuela, pues en ella conocen la drogadicción, son sexualmente abusados y corren el peligro de convertirse en delincuentes, como asaltantes, sicarios o extorsionadores.
Estos niños y jóvenes están fuera de la cobertura educativa, por lo cual DINAF (Dirección de la Niñez, Adolescencia y Familia)debe dictar políticas de prevención y reinserción que puedan ser ejecutadas por las municipalidades y por organizaciones civiles o religiosas que se dediquen a la labor de atención, a quienes viven en la calle.
Pero, además de esta condición precaria, recientemente ha surgido otra amenaza para los jóvenes que estudian. Es el ataque de miembros de las pandillas juveniles a los maestros y alumnos de algunos centros educativos, pues sus edificios resultan ser vulnerables para que personas ajenas a la comunidad docente o a la estudiantil, puedan introducirse. Y no sólo promover narcotráfico en el interior, sino que también desnaturalizar la labor docente, amedrentando a los maestros para que califiquen a ciertos alumnos, de acuerdo a su conveniencia personal.
Los institutos así afectados, están bajo custodia militar o policial. No es lo mejor,  pero debería mantenerse por el tiempo que sea necesario. Mientras esto sucede, hay que reforzar la formación en valores mediante cursos especiales y atender el aspecto emocional de la población estudiantil y de los padres de familia, para que esta amarga experiencia no deje una secuela de temor, sino que haya un mayor sentido de previsión, para que estos hechos no vuelvan a repetirse.
Finalmente, también es urgente determinar las políticas de rehabilitación en los centros de detención para menores infractores. Y mientras ello se implementa, hay que prestarles la mayor atención, pues cada uno de estos jóvenes infractores necesita ser instruido intelectualmente; requiere una buena rehabilitación en su conducta y recibir una formación humana integral, de manera que sean capaces de definir las metas y proyectos de bien, que quieran realizar en su vida.
Lo más importante en los centros de detención, es que exista gobernabilidad por parte de la DINAF, lo cual será posible si se ha analizado a conciencia la realidad existente y secuenta con personal capacitado que tenga conciencia de la importancia de su trabajo.
Es una oportunidad de rehacer vidas y dar sentido a muchos hondureños que abatidos por la pobreza, han carecido de una buena educación y de la posibilidad de conocer la libertad, el respeto al prójimo y la esperanza de un futuro lleno de paz y felicidad.
Pero es preciso, actuar ahora. Mañana puede ser muy tarde.
Según lo expresó el Señor Jesús: “Lo que hagan a uno de estos  mis hermanos más pequeños….a mí me lo hacen”.

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