Punto de Vista Reflexión

Amoris Laetitia

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Amoris Laetitia
P. Juan Ángel López Padilla
No sean mal pensados. Todavía no la he leído porque mi columna la he escrito un día antes de que se presente públicamente la nueva encíclica post-sinodal de Papa Francisco. Pero, desde que escuché el nombre de la dicha encíclica, me ha entrado una cosa entre nostalgia y profundo orgullo.
La nostalgia me viene, y debería venirnos a todos, cuando nos damos cuenta que se ha perdido tanto del plan original de Dios respecto de la Familia. Ni el matrimonio, ni la vida familiar deberían considerarse nunca como un camino que lleva a la tristeza o al dolor. Se ha perdido el ingrediente que hace que exista la alegría, es decir: el amor; pero igualmente se ha perdido la “vocación” del amor, es decir: la alegría.
Quien ama, es necesariamente una persona alegre. Ya sé que acaban de “menear la cabeza” y alguno ya hasta pensó: “este cura es un iluso”. Pues yo no he dicho que el amor no implique sufrimiento o esfuerzo o sacrificios. Pero, el amor cuando es real, cuando no es sólo un sentimiento, cuando es una decisión, una entrega; necesariamente libera, empuja y alegra. De ahí mi nostalgia.
Me pareciera como si hablásemos de un pasado que ya no existe, que quisiéramos volviera, pero, yo lo veo a diario. Hay miles de familias, de matrimonios, que trabajan por amarse y piensan en aquello que puede hacer que el otro sea feliz.
El matrimonio es para la felicidad, tanto como la vocación a la vida consagrada o la vida sacerdotal. Es un sin sentido absoluto pretender que cualquier vocación se busca por lo contrario. Por eso el amor es principio y es fin de la vida humana. Se vive por amor, se ama para vivir. Eso necesitamos predicarlo y sobre todo, vivirlo.
Igualmente  hay que sentir un orgullo profundo porque la Iglesia sigue persiguiendo y procurando esa axiología que pueda salvar a la humanidad. No es negociable que se luche porque la escala de valores no pierda su orden.
Detengámonos por un momento y repasemos estos tres años de pontificado de Papa Francisco. Casi me atrevería a resumirlos en tres palabras: reforma, familia y gestos. Lo de dejar en el centro el tema de la familia, no es circunstancial. La familia lo es todo cuando descubrimos que es más que una simple referencia o resultado de una casual unión. La familia es voluntad de Dios y por eso Él es, su última y esencial referencia.
No dejo de enorgullecerme de que mi madre, la Iglesia, siga defendiendo los valores que deben construir una sociedad. Basta ver las discusiones de los candidatos a la presidencia en los Estados Unidos, con respecto a la familia y a la vida, para comprender hasta dónde se ha deteriorado nuestra sociedad. Basta ver los “aguijonazos” de los lobbies gay, abortista y del mal llamado feminismo (porque hay un feminismo correctísimo) que no se cansan de erosionar y destruir a la persona humana reduciéndola a un conjunto de lo que ellos llaman libertades, y no dejan de ser camisas de fuerza que anulan lo esencial del camino a la felicidad.
La alegría no se consigue haciendo lo que se quiere, de manera caprichosa, sino amando lo que se debe, aquello que nos humaniza.

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