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Auténticos testigos del crucificado

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Jóse Nelsón Durón V.
Auténticos testigos del crucificado
Nietzsche, siempre Nietzsche, quiso expresar con un aforismoalgún tipo de desaliento, una fuerte crítica, o hasta quizás algún tipo de depresión, al observar la falla de los cristianos en vivir como deberían, es decir, a imagen y semejanza de su Maestro, el Señor Jesús, que se entregó para salvar la humanidad entera. Al escribir: “El último cristiano murió en la cruz”, ¿querría el mismo filósofo, tajante crítico del cristianismo y de la Iglesia,decir que los cristianos, todos, deberíamos vivir como Aquel que murió en la cruz? ¿Concluiríamoscon él que históricamente los cristianos solamente han realizado un rebajamiento, una dilución o una reducción de título tan preciado, que es lo que debería ser, a una máscara tímida que esconde la falta de coraje en el vivir nuestra fe, en el caminar de la vida y en el testimonio de Aquél? Es posible que sí.
¡Cuántas fallas humanas, cuántas cobardías echan por la borda supuestas virtudesy le dan veracidad al filósofo alemán! Desde el ambón, el despacho, curul, oficina, clínica, escritorio, hogar, colegio y desde cualquier espacio vital en que nos desenvolvemos, estamos poniendo a prueba nuestro ser, nuestra autenticidady realidad que nos caracteriza.Esta esencia interior es la que nos revela, aunque la disimulemos con disfraces y actitudes falsas y seamos capaces de tomar una piel de oveja para esconder el feroz lobo que llevamos dentro.
Sin embargo, abundan los ejemplos que niegan aquella afirmación del señor Frederick Nietzsche y el cielo, morada Paterna, está poblado con testigos de virtudes indudables que les convirtieron en testimonios eternos de Dios Hijo, enviado precisamente para reconciliar a los hombres con Su Creador.
Si el cristianismo fuese a convencer a todos los ateos posibles, a quienes dudan, aún a quienes son indiferentes por la falta de testimonios que pudiesen abrir sus ojos, deberíamos todos enojarnos al no escuchar las campanas del templo llamando a Misa. Si el mismo Señor Jesús, que todo lo sabe, hubiese estado seguro de la santidad de todos los cristianos después de Su muerte, la Iglesia no hubiese sido necesaria, ni el derramamiento de sangre mártir en tantas cantidades, ni el Sacramento de la Reconciliación, ni el dulce llamado del Señor Jesús a actualizar en la santa Misa y durante todos los tiempos, Su sacrificio generoso por todos los hombres en la Cruz del Gólgota.
Y Él nos ha dejado una certeza: La tibieza no es bienvenida ni agradable, incluso para el Señor (Apo. 3,16). Por ello, los de tibia fe deberían ser receptáculos fértiles de la sólida instrucción cristiana y del depósito de la fe a la Iglesia encargado, porque estamos llamados a ser santos como Él y dignos de alcanzar el Paraíso que nos han perdido las trasgresiones de todos los hombres. Quien escribe quizás lo hace con la intención de pellizcar el velo de la vida e iluminar sus tinieblas con el luminoso rayo de la luz inmarcesible del misterio de Dios, para que, por medio de la lectura atenta y sosegada de la Palabra divina, podamos aceptar la santísima misericordia del Padre Creador, ávido de la dulce correspondencia de sus hijos a los dones y gracias recibidas.

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