Diálogos "Fe y Razón" Punto de Vista

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p5dialogos.jpgDiálogo “Fe y Razón”
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Diac. Carlos Eduardo  
carloseduardiacono@gmail.com
Desde remota antigüedad los seres humanos se debaten entre la necesidad de contar con la verdad para provecho personal y colectivo, y la posibilidad de no encontrarla,  ya sea por error, o bien por la mentira de quienes falsean los hechos, cuando ello les acarrea algún beneficio.
Entre las primeras regulaciones jurídicas de la mayoría de las grandes civilizaciones encontramos tanto la institución de testigos, como una serie de sanciones a los calumniadores, mentirosos comunes y testigos falsos.  En el decálogo se prohíbe expresamente la mentira y el testimonio falso. La legislación de Israel pedía al menos dos testigos oculares para dar fe de algo que fuese objeto de controversia.
Todo esto viene a propósito de la resurrección del Señor. Aunque sabemos que Él llama bienaventurados a quienes “han creído sin haber visto” (Jn 20, 30), y se pidió a sus discípulos y a nosotros mismos ser testigos de su resurrección, el hecho es que sí hubo testigos de este acontecimiento fundamental de la Nueva Alianza.
Revisando los cuatro Evangelios, los Hechos de los Apóstoles y las cartas de Pablo y de otros Apóstoles, encontramos numerosos testigos oculares mencionados por sus nombres: María Magdalena, María la de Santiago, Juana, Salomé, Pedro, Juan y los otros nueve apóstoles, Pablo y los dos discípulos de Emaús. Además se menciona que se apareció a más de quinientos discípulos y los soldados que custodiaban el sepulcro fueron a contar lo sucedido a las autoridades. Es lógico pensar que se apareciera a su madre y seguramente a algunos seguidores como pudieron haber sido Nicodemo y José de Arimatea. Si pues bastaban con dos testigos para probar algo en tribunales, cuánto más se habrá divulgado la noticia de la resurrección con tal número de testigos, muchos de los cuales integraron la primera Iglesia, luego de Pentecostés.
Pero ser testigos de la resurrección del Señor no siempre fue una experiencia incruenta. Muchos, en efecto, derramaron su sangre, por no querer renegar del Señor Jesús. De hecho la palabra “mártir” significa en griego “testigo”. Pero fueron numerosos los testigos oculares que no llegaron al martirio, pero más aún los testigos no oculares, testigos de fe, que lo afrontaron para resucitar ellos, a su vez, con Cristo.
Y nosotros, hombres y mujeres que celebramos esta Pascua en el 2016, también somos testigos. Y piden nuestros obispos que para serlo de verdad, seamos discípulos, configurados con el Señor y luego misioneros, predicadores de su evangelio. Y mientras esto escribimos y leemos, hay hermanos católicos y de otras confesiones cristianas, que están derramando su sangre por defender su creencia en la pasión, muerte y resurrección de Cristo, redentor y salvador nuestro.
No nos es lícito olvidarlos en nuestras plegarias y en las denuncias que podemos hacer frente a los poderosos de este mundo, para que a todos les sea respetada su libertad de conciencia. Digamos también con ellos: “Ha resucitado el Señor; sí, verdaderamente ha resucitado”.

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