Caminar Punto de Vista

Por Él con Él y en Él

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Por Él con Él y en Él
Jóse Nelsón Durón V.
La encarnación del Hijo de Dios, es decir Dios, trae a nuestro corazón muy variados sentimientos y en muchos prevalece más el sentimiento de ternura del Divino Niño que es engendrado por el Santo Espíritu de Dios en una muchacha, una niña en realidad, que solo cuenta con su fe para sostener la presencia dominante y poderosa del Arcángel Gabriel, que se solaza con aquella valiente, y dulce a la vez, respuesta: ¡Hágase! Conociendo la historia y habiéndola vivido varias veces, no deja de revivir en nuestros corazones sentimientos de ternura y remover melancolías aquel Niño que nace en un pesebre, como uno más, tirado a la periferia, más allá de los límites que el poder y la riqueza le permiten, más que su humildad y la de sus padres burladas por la neciaimposibilidad de encontrar donde nacer el Niño. Por supuesto que todos estos sentimientos, que sobre abundan imaginario religioso y la solemnidad de tan especial acontecimiento, no lo desdeñan para nada.
También hemos contemplado al Hijo de Dios muriendo en una cruz, pese a que muchos en el mundo todavía no lo conozcan; lo hemos visto siendo vejado y flagelado, burlado y despreciado por recios y toscos soldados romanos, clavado en un madero como cualquier criminal y muerto en la pesadilla real e indescriptible de su sufrimiento. A los pies de Su cruz, Su Madre bendita, uno de Sus discípulos, por cierto el más joven y unas cuantas personas más, entre ellas algunas mujeres, madres de primos y parientes Suyos. Para muchos que vivieron el momento y para millones que escucharon Su testimonio por boca de la Iglesia en los veinte siglos y unos cuantos años más ya transcurridos, estos dos sucesos inefables son hitos y puntos de inflexión y de deflexión, no solo en la historia de la humanidad, sino también en la propia. No se trata de sentimentalismo, sino de auténtico dolor: alguien ha ocupado el lugar del suplicio que cada uno de nosotros debimos tomar. Y lo ha hecho de la manera más voluntaria posible. Se entregó. Era Su misión y Su alimento era cumplir la voluntad del Padre. El Señor, título ganado a fuerza de pasión dolorosamente indescriptible, nos ha dejado para toda la historia el don de actualizar en todo momento Su donación al Padre celestial, Su entrega, Su abandono y sometimiento a la Divina voluntad del santísimo Padre. Podemos hacerlo por Él, con Él y en Él en la santa Eucaristía y a la vez entregarnos nosotros. “Despojarnos del yo, renunciando a poseernos. Que nos posea totalmente el Padre. Eso es sacrificarnos” (José Pedro Manglano)
Nuestro sacrificio, para imitar el carácter redentor de nuestro Señor Jesús, debe tener un propósito, una orientación, una dedicación. Y ésta no es más que el bien de los demás. Nuestra participación en la santísima Eucaristía debe tener el rasgo social que caracteriza al ser humano y el sentido global, comunitario y familiar que dé vida a ese entregarnos; que venza la fuerza del poseer que llevamos dentro y sea signo de la solidaridad, compasión y amor que quiere el Padre y que es necesario para entrar en el Reino de Dios. Bajar el canasto y expresar palabras conciliatorias; poner a un lado la pala para abrazar a la esposa y los hijos; cambiar el arma homicida por los libros; bajar la velocidad asesina en nuestras carreteras; aprender a respetar la dignidad y el respeto que merecen los otros; realizar bien nuestro trabajo antes de recibir el cheque; pagar impuestos nítida y legalmente; renunciar a la coima y a la corrupción; políticos verdaderos, no negociadores de dignidades; jueces, diputados y funcionarios honestos, no  pleiteadores y coimeros vulgares; personas honestas, firmes y auténticas, merecedoras de la milagrosa resurrección y dignos de llamarnos discípulos, testigos, amigos y hermanos de quien venció la muerte y el pecado, de quien entró en la gloria de Dios Padre con los brazos abiertos y el corazón ávido de nuestro amor.

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