Punto de Vista Reflexión

Nada se compara a este amor

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Nada se compara a este amor
P. Juan Ángel López Padilla
Desde que en la antigüedad se acostumbraba a marcar el inicio del año con la entrada de la primavera, con el equinoccio de la primavera, para ser exactos; la humanidad entera o al menos las culturas que dieron paso a la nuestra, optaron por centrar su historia en la vida. La decisión misma era el indicativo que la noche no era la respuesta, que la vida que renace después de los largos inviernos indicaba una nueva oportunidad para la persona, para la comunidad, de volver a empezar.
No en vano, para las comunidades de orden agrícola o ganadero, como el mundo judío; vieron en este fenómeno de la naturaleza la señal, el banderillazo de salida, de una nueva etapa.
La Pascua judía añadió a este fenómeno natural, una razón de orden religioso: la conmemoración de salida de la esclavitud en Egipto. Nada más adecuado: vivir es aprender a ser libre.
La experiencia del Nuevo Israel, de la Iglesia, no es diferente: para darnos libertad murió Cristo, para llevarnos a la verdadera vida, a la Vida de la Gracia.
La Pascua, encierra toda la potencia del amor de Dios. Revela su alcance, su proyecto, su intención y su destino. Era imposible que un amor así quedara encerrado detrás de una piedra. Casi creo, que la piedra se movió sola, no pudo contener la energía que pretendió encerrar.
Cierto que el Maestro había dicho que “si el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda infecundo”, pero su fecundidad, su fuerza vital rompió la tierra; no sólo la fecundó, sino que la volvió nueva creación.
Nada se compara a la fuerza de este amor. Nuestros “amores” son siempre limitados y, hasta cierto punto, mezquinos.  Sólo el que ama desde Dios es fecundo, rompe la tierra y la hace germinar.
Necesitamos volver a empezar, volver a confiar, volver a amar desde Dios. Nos lo reclama nuestra fe, nos lo reclama nuestra historia y el dolor que sufre nuestro pueblo.
Es necesario, volver a pedir la fuerza de la Pascua, la energía de la Verdad. Es preciso que le gritemos a los que están a nuestro alrededor que esta cultura muerte, de dolor,  no nos dará nunca la felicidad. La muerte no tiene fuerza en sí misma. Sólo el que es la Vida, puede liberar, puede planificar.
Quizás, lo más complejo de nuestra situación es que seguimos creyendo que las ideologías, los proyectos políticos y las ideas humanas, nos darán la libertad, la vida. Tanto nos hemos abandonado en confiar en esas vasijas agrietadas que no logran contener nada, que lo desperdician todo y,  al final, cosa que cada vez se nota más, nos vamos decepcionando tanto que pareciera que no tenemos norte, sentido, fin.
Cuando en el antiguo testamento los profetas llevaban al pueblo a reconocer los errores de su pasado, todo siempre se resumía a no volver a confiar “ en nuestro ejército, en nuestras fuerzas, en las naciones extranjeras”; todo se centraba en un volver a confiar en Dios.
Necesitamos volver a dejarnos amar por este Amor que vence la muerte y nos libera.  Necesitamos confiar en Dios.

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