Diálogos "Fe y Razón" Punto de Vista

¿Villanos en Semana Santa?

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Diac. Carlos Eduardo  
carloseduardiacono@gmail.com
¿Villanos en Semana Santa?
Condicionados por lo que nos enseñaron de niños pequeños sobre el bien y el mal, por los cuentos infantiles de hadas madrinas y brujas malvadas,  y por las revistas y películas de acción donde el héroe se enfrentaba a un científico loco que quería apoderarse del mundo, tenemos la tendencia, en toda historia, a dividir los papeles de un relato en protagonistas buenos y villanos perversos.
No es casual que apliquemos ese espontáneo método de análisis a las mismas sagradas escrituras, con la ayuda de las reconstrucciones que ha hecho Hollywood sobre algún relato sagrado y que generosa y bien intencionadamente reproducen los canales nacionales de televisión durante la semana santa. Y por aquello de que una imagen vale más que mil palabras, acabamos teniendo una cultura bíblica cinematográfica, cuando no vamos al texto de la correspondiente escritura para leer el original con sus correspondientes notas y referencias cruzadas, y así seguir educándonos.
Las leyendas con frecuencia se imponen a la escritura, como en el caso de “el judío errante”, o el más conocido de Melchor, Gaspar y Baltazar, pese a que el relato evangélico no da nombres, ni dice que eran reyes, ni tampoco que eran tres (Mt 2, 1-12). Y estas cosas son parte de la cultura occidental. Pero vayamos ahora a los villanos de semana santa.
Empezando en el círculo más estrecho alrededor del Señor Jesús, encontramos a Judas Iscariote, quien lo traicionó y lo entregó a cambio de dinero. Y está Simón Pedro que lo va a negar tres veces seguidas. Y también todos los demás, que no le acompañaban en sus largas oraciones al Padre, pues preferían dormir y que, finalmente huyeron y estuvieron ausentes mientras le mataban, excepto Juan y unas valientes mujeres, como bien sabemos.
Y entre otros judíos sobresalen como villanos Anás y Caifás, con el poder que daba el sacerdocio que ejercían y su puesto de dirigentes del Sanedrín. Y hubo un mal ladrón, y los que recibieron posiblemente dinero o promesa de futuros favores a cambio de rendir falso testimonio contra Jesús; además de una chusma anónima que gritó una y otra vez: ¡crucifíquenlo!   Y luego, entre los romanos, la figura –mezcla de crueldad y de debilidad- de Poncio Pilato, sin olvidar a la soldadesca que se ensañaba y divertía durante los azotes, la coronación de espinas, las burlas y salivazos, y su detestable conducta en la vía dolorosa y en El Calvario.
Nos asombramos, nos indignamos, nos escandalizamos y les censuramos. Pero olvidamos dos elementos fundamentales para un buen análisis. Uno de corte psicológico y sociológico: ¿Cómo me hubiera comportado yo ahí, en ese momento, sin conocer del Señor lo que ahora sé, y teniendo en cuenta mi modo habitual de comportarme y de reaccionar frente a la opinión mayoritaria? El otro elemento es ciertamente teológico: ¿Cómo podemos olvidar que Jesús muere por los pecados de toda la humanidad?  Lo que claramente quiere decir que padeció por todos y cada uno de los míos.
Por eso es necesario que nos olvidemos de esquemas simplistas y dejemos de buscar a “los malos de la película”. O es acaso que nos creemos muy buenos siendo igualmente malos. ¿Será cierto que nunca he traicionado al Señor? ¿Y que nunca lo he negado?  ¿Siempre le acompaño en momentos de adoración? ¿Le defiendo siempre cuando lo atacan o insultan, o se burlan de sus valores, persiguen su memoria o a su Iglesia?
Mejor no busquemos culpables fuera de nosotros mismos y acojámonos a su infinita misericordia.

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