Punto de Vista Reflexión

A los pies de la Cruz

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A los pies de la Cruz
P. Juan Ángel López Padilla
¿Qué es la cruz? Si nos detenemos un momento a pensar en ello, bien podemos tomarnos unos minutos para esto, la cruz se nos ha vuelto un tema increíblemente complicado.
En general, ha pasado a ser un adorno o un recuerdo, cuasi-romántico, cuasi-melancólico. Si hay un “objeto”, disculpen el entrecomillado pero no me siento del todo bien llamándole objeto a secas, que ha perdido su significado, es justo la cruz. En el fondo se ha desvirtuado porque le hemos degradado al punto de transformarla en amuleto o en talismán, cuando no, insisto, en simple decoración.
La cruz era el peor de los suplicios imaginables en el antiguo Imperio Romano, destinada únicamente para castigar los peores crímenes y con la intención de generar la mayor humillación posible. Estaba pensada como un mecanismo disuasivo que debía asustar a todos y encausar el actuar de los miembros de la sociedad, para que no se salieran de los parámetros dictados por las leyes que servían para imponer los criterios del Emperador y mantener una cierta cohesión en un imperio tan vasto y tan variopinto.
No pretendo hacer una análisis, porque hay muchos y muy buenos, de los efectos físicos y sicológicos que producía semejante suplicio. Lo mío, más allá de lo injusto de la condena al joven profeta de Nazaret, está en la lamentable actitud con la que nosotros mismos, los que nos decimos cristianos, tomamos el sentido o sin sentido, de la cruz.
Los expertos nos dicen que cada vez que en el evangelio se nos habla de la cruz debemos leerlo en clave de interpretación pascual, es decir, nunca la cruz deja de estar referida al misterio de la Resurrección. La cruz, en ese sentido es memoria, es puente y es llave.
Es memoria de un amor sin límites, de una encarnación llevada hasta las últimas consecuencias. Es el penúltimo capítulo de una historia que no debe ser olvidada nunca sino, recordada siempre.
La cruz es puente porque no hay otro camino, no hay otro sendero para alcanzar la vida verdadera. No se trata de “un” camino más, sino del camino, porque la cruz identifica al que en ella está clavado. De hecho, es ilógico hablar de la cruz, sin el Crucificado. Eso es algo que conviene recordar siempre, porque pretender cargar la cruz sin seguir las huellas del Maestro se vuelve tortura, masoquismo, sin sentido.
La cruz es igualmente llave. Si a Pedro le entregaron las llaves del Reino de los Cielos, a todos nos dieron claramente la medida que implica el ganarse ese Reino.
Lo que nos posibilitó la entrada al Reino, fue justamente la entrega del Crucificado.
Por eso el cristiano es un imitador de su Señor, debe ser memoria para un mundo que ha olvidado el valor del amor entregado y sólo sueña en el poder sin límites, el tener sin límites o el placer sin límites. Debe ser puente donde muchos están construyendo muros o alimentando odios y divisiones. Debe ser llave donde todos quieren poner cerrojos a la libertad, a la justicia y a la verdad.
Que esta Semana Santa, Semana de la Misericordia, la cruz nos preceda y nos presida, para que todo esté marcado por ese horizonte que apunta a vencer cualquier egoísmo, cualquier falta de solidaridad.

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