Buenas Nuevas

“Ya no merezco llamarme hijo tuyo…”

p12tonyAl encuentro de  la palabra… según San Lucas para la Lectio Divina

“Ya no merezco llamarme hijo tuyo…”
(Lc 15, 1-3. 11-32 – IV Domingo de Cuaresma)
P. Tony Salinas Avery
asalinasavery@gmail.com
La hermosa parábola del “Padre de las Misericordias”, que hoy se proclama, narrada únicamente por san Lucas, nos sitúa ante un hijo menor que decide volver a la casa de su padre, la cual había abandonado, en su decisión de volver, se encuentra el vértice de la escena: “Me levantaré y volveré a mi padre”. Él ha recapacitado obligado por el hambre que padece, verifica la ruta de regreso, abandona su pasado y de manera consciente decide volver. Este es en verdad el tema de toda la parábola, se trata de la historia de un “retorno”, la solución final de una crisis y drama interior. El conocido verbo bíblico de la conversión –el hebreo shûb, “retornar”, que en los evangelios se vuelve el griego metanoein, “cambiar de mentalidad” – indica precisamente un cambio de ruta como hace el pastor beduino que en el desierto se da cuenta de seguir una pista que lo aleja del agua, del oasis.
La trama muy bien desarrollada en escenas, tiene como trasfondo la ley de la retribución patrimonial, revelando el excesivo amor del padre. El padre no espera a su hijo estando en la casa, no verifica si este hijo menor realmente está arrepentido, no le pregunta dónde quedó su parte de la herencia, sino que le organiza una fiesta llena de música y bailes. También es inconcebible la manera como el padre se comporta con el hijo mayor: no lo espera cuando regrese del campo, donde trabaja para el bien de la familia, ni le pide su parecer sobre cómo actuar con el menor. La parábola que revela el rostro más humano de Dios, lo retrata con exceso y no como defecto: a Dios no le falta humanidad, ¡La sobrepasa! Es interesante por otro lado, este contraste en el que el padre transgrede por una parte, la ley de la retribución de la herencia, mientras por el contrario los hermanos no logran ir más allá de la lógica del dar para recibir.
Es por tal razón, que el padre de la parábola es el centro de todo el relato. Él ama visceralmente a su hijo perdido, hasta el punto de sentir la pasión humana más profunda. Hemos encontrado el mismo verbo en el desarrollo de la parábola del buen samaritano: “Sintió compasión” (Lc 10,33; 15,20). La compasión del samaritano por el moribundo es la misma del padre por su hijo perdido. Sin esta compasión era imposible que el padre corriera al encuentro de su hijo, se le echase al cuello y le reintegrara su dignidad perdida. Al centro de la parábola, está pues, la misericordia del padre y no su bondad. Si la bondad es una cualidad del carácter, la misericordia es una dimensión que madura en el interior y se concreta en acciones por el prójimo.
Si desde la casa paterna se oye música y bailes, quiere decir que el padre ha vuelto a acoger al hijo en la familia: estaba muerto y ha vuelto a la vida, estaba perdido y has sido hallado. Lo que le devuelve la vida a quien está muerto no es el arrepentimiento, sino la excesiva compasión del padre: la compasión por un hijo que es una creatura nueva e inicia una nueva vida. La compasión del padre no está hecha sólo de una emoción, sino que se transforma en pasión capaz de hacer surgir vida donde está la muerte. Y, en el trasfondo de las escenas, están silenciosos los criados, que ayudan a que el padre cumpla sus objetivos al recibir al hijo menor; aunque el criado que habla con el hijo mayor, parece sentir como él que la misericordia de su patrón es una injusticia contra él. Por tanto, en las relaciones de misericordia del padre con sus dos hijos, los siervos juegan dos papeles contrastantes: ser siervos de la misericordia para recuperar una dignidad perdida o juzgar como injusta la excesiva compasión del padre por el hijo recuperado. El mejor retrato de Dios, hoy lo hemos meditado y encontrado en esta parábola, ¡disfrutémoslo llenos de fe!

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