Diálogos "Fe y Razón" Punto de Vista

Bono, dignidad y promoción

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Bono, dignidad y promoción
Diac. Carlos Eduardo  
carloseduardiacono@gmail.com
Tal parece que la pobreza llegó a Honduras para quedarse; es parte de nuestra cotidianidad, es un mal crónico, que es casi tanto como decir eterno.  Los pobres son parte nuestro paisaje. Algunos pocos se han resignado a serlo, otros a verlo y a tolerarlo, como si éste fuera el orden natural. ¡Pero no! No podemos seguirlo consintiendo.
Aclaremos de una buena vez que hay una pobreza evangélica.  “Bienaventurados los pobres de espíritu, porque de ellos es el reino de los Cielos” (Mt 5, 3).No se trata, sin más de pobreza material, ni mucho menos de la pobreza extrema o miseria. En palabras del papa Francisco esto significa tres cosas: en primer lugar, no apegarse a las cosas, tener la libertad de no depender de ellas; en segundo lugar, tener una relación estrecha con los pobres, ser sensible a sus necesidades espirituales y materiales; en tercer lugar, aprender de ellos: no hay nadie tan pobre que no pueda enseñarnos algo.
Pero que alguien no pueda comer su pan, ni alimentar a sus hijos, que no le ajuste para el vestido, que esté condenado a no tener vivienda, que por buscar todos el sustento se queden sin educación, o que por no haber medicina donde debiera haberla tengan que vivir enfermos o enfrentar una muerte prematura, esto no es el plan de Dios, sino un mal social que clama al cielo.
Nuestra miseria espiritual, que como pueblo hemos padecido, nos ha llevado a presenciar el bochornoso espectáculo de que alguien ha robado los dineros destinados a la reducción de la pobreza, de que otro más adulteró la medicina para vender la buena y de que unos pocos se apoderaron de lo que era de los derecho habientes, a quienes dejaron sin salud, y sin esperanza.
Reconozcamos que se ha tratado de hacer algo para revertir la pobreza. Hay programas basados en la solidaridad y creo que en buenas intenciones. Pero el principio de subsidiaridad se ve afectado cuando lo confundimos con dar subsidios. Tal principio indica más bien que cuando una comunidad menor no puede velar por sí misma, entonces la mayor subsidiariamente le ayuda, cuidando siempre, la mayor, de no imponer nada a la menor, ni mucho menos sustituirla o “ningunearla”.
Los bonos deberían remediar necesidades puntuales y pasajeras; operar como capitalsemilla. Pero no pueden ser permanentes, so pena de acostumbrar a muchos, incluidos los más jóvenes y fuertes, a tender siempre la mano y a nunca ponerse de pie por sí mismos. Cabe recordar ese magnífico ensayo filosófico de Alfonso Guillén Zelaya: “Lo esencial es que cada uno tenga la dignidad de su trabajo, la conciencia de su trabajo el orgullo de hacer las cosas bien, el entusiasmo de sentirse satisfecho de querer lo suyo”.
El asistencialismo no puede ser el modus operandi habitual de la cooperación solidaria. “Dale un pescado a un hombre y comerá un día, enséñale a pescar y comerá todos los días”.  Esta sabiduría se dice que es china; probablemente se le deba a Confucio. Es perfectamente compatible tanto con las enseñanzas bíblicas, como con lo que enseña la Economía Social de Mercado.  Tiene que ver, y mucho, con el fundamento de la Doctrina Social de la Iglesia: la dignidad de la persona humana. En esta Cuaresmo, en este año de la misericordia, no podemos olvidar a nuestros pobres. Pero que el camino sea el de la promoción humana. Esto significa dar empleo, no imponerles salidas a su situación, hacerles parte de la solución y, sobre todo, sujetos de su propio destino.

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