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Italia condecora a Monseñor Rómulo Emiliani

Italia condecora a Monseñor Rómulo Emiliani
Al recibir la condecoración llama a salvar a Honduras, a esta tierra bendita, sagrada, ensangrentada, sufrida, agonizante. Es el momento. Poner todas nuestras fuerzas, energía, ilusión, fe y coraje en esta tarea.
Monseñor Rómulo Emiliani, Obispo Auxiliar de San Pedro Sula y presidente del Departamento de Medios de Comunicación de la Conferencia Episcopal de Honduras, fue condecorado recientemente por el gobierno de Italia, por los múltiples méritos que tiene el ahora homenajeado.
El gobierno de Italia lo honró con la prestigiosa distinción Ufficialedell’ordinedella Stella d’Italia u Orden de la Estrella de Italia.
La condecoración le fue impuesta por el excelentísimo embajador de Italia concurrente para Guatemala y Honduras, FabrizioPignatelli, en una hermosa ceremonia realizada en el Club Hondureño Árabe de San Pedro Sula, donde estuvo presente la Designada Presidencial Roxana Guevara,  el Vice canciller de la República, Roberto Ochoa,   miembros del Cuerpo Consular acreditado en esa ciudad,  feligreses y representantes de las diferentes organizaciones sampedranas
Tras recibir la condecoración, Monseñor Rómulo Emiliani, dirigió el siguiente mensaje a los asistentes.
Señor Embajador de Italia. Agradezco al presidente de Italia, a su gobierno y a usted por esta distinción que hoy me dan. Y aprovecho para hablar de la Italia antigua. Roma y su imperio dejaron un legado de orden, disciplina, organización, estructuración jerarquizada, sentimiento de nación, fortaleza y unión. El derecho romano, fundamento del derecho civil occidental, clave para entender el funcionamiento de la ley es obra nacida de ese imperio.
La estructura militar con sus estrategias, armas, rangos y divisiones es ejemplo e inspiración todavía hoy para muchos ejércitos. La arquitectura e ingeniería reflejada en sus edificios y calzadas que se extendían por todo el imperio nos recuerdan una gran civilización que nace y se desarrolla en Italia y crece por todo el mundo conocido.
La Iglesia nace en el mundo romano, en Palestina, perseguida y torturada por ese imperio, pero luego acogida, protegida y oficializada como religión del estado por el imperio de los césares.
Pero el imperio cayó por la inmoralidad creciente, la dejadez en sus obligaciones y el descuido del cultivo de esas virtudes romanas tan excelsas como son: el respeto a la ley, organización de estructuras jerarquizadas, valor en la lucha, esmero en cuidar el patrimonio de una nación que de monarquía pasó a fortalecerse como república. El desgaste propio de toda institución tuvo como golpe mortal el abandono de las obligaciones ciudadanas y patrióticas. Recordemos el caso de David: no quiso ir a la guerra y en su ociosidad se enamoró de la mujer de su general Urías y lo manda matar para quedarse con ella. Los romanos ya no querían ir a la guerra. El pan y circo para las mayorías, las orgías, bacanales y excesos entodo, degradaron el espíritu romano, al extremo de que los bárbaros fueron asumiendo los cargos principales de sus ejércitos.
Entonces la mala administración, corrupción de sus dirigentes, la invasión de los pueblos bárbaros que fueron ocupando hasta el 60 por ciento de los puestos en el ejército romano, la pérdida del sentido patriótico, de la dignidad de ser ciudadano romano, las persecuciones contra los cristianos, la defensa de religiones paganas idolátricas que inducían a la depravación, las plagas que diezmaban a la población y la división del imperio en dos partes, occidente y oriente, llevó a la caída del imperio romano en occidente, y mil años más tarde el de oriente.
¿Y nosotros? ¿Comparados con las naciones siguientes: Japón, Alemania, Israel, Palestina, por ejemplo, qué concepto tenemos de nación, de unidad como pueblo, de sentirnos orgullosos de ser hondureños y luego centroamericanos y latinoamericanos? Esos cuatro pueblos citados han pasado grandes crisis y ahí están vivos y plenos porque tienen clara su identidad nacional.
¿Qué concepto tenemos de lo que es la honradez, respeto a la propiedad ajena, a los bienes del estado, el respeto a la vida? Llevamos metidos hasta el tuétano la corrupción, el engaño, la trampa.
Hablo como panameño y hondureño. El evadir el pago de impuestos, el no dar sueldos justos, sacar el dinero del país en vez de invertir en el mismo y luego un consumismo exagerado junto con un materialismo grosero, eso nos está acabando.
Y en el campo político, el buscar la manera de poner siempre mi partido político encima de la Patria, el subir al poder para enriquecerme olvidándome de los pobres, esa corrupción que se extiende desde la Patagonia a México, la demagogia barata de los que prometen y prometen en campañas políticas, para luego olvidarse de todo, esto nos hace ver que estamos en decadencia, como el imperio romano. Esto viene desde nuestras independencias y claro, ya venía en la decadencia del imperio español.
¿Qué concepto tenemos de la familia, del matrimonio, cuando hay un alto número de mujeres levantando solas a sus hijos? La promiscuidad, el llamarmatrimonio a uniones de hombres con hombres, la invasión masiva de pornografía, vulgaridades en películas, videos musicales, en internet, todo esto socava la salud espiritual y psicológica del pueblo.
¿No está en decadencia nuestra cultura, la vida de nuestros pueblos? ¿Entonces qué hacer? A salvar a Honduras, a esta tierra bendita, sagrada, ensangrentada, sufrida, agonizante. Es el momento. Poner todas nuestras fuerzas, energía, ilusión, fe y coraje en esta tarea. Unirnos todos por encima de nuestras diferencias. Sentir que cumplimos una misión sagrada. Para eso necesitamos convertirnos al Señor, dejar toda maldad.
Necesitaremos dos generaciones para que esto cambie. Nosotros estamos sembrando, otros cosecharán. Yo personalmente seguiré en mi lucha en la predicación, promoción humana, redención de delincuentes, humanización de los presidios, evangelización de los jóvenes, de aldea en aldea, de pueblo en pueblo y ciudades, gastándome y desgastándome hasta el final, confiando que con Dios venceremos, porque con Él somos invencibles. Amén.

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