Buenas Nuevas

“Su rosto cambió…”

p7tonyAl encuentro de  la palabra… según San Lucas para la Lectio Divina
“Su rosto cambió…”
(Lc 9,28-36 – II Domingo de Cuaresma)
P. Tony Salinas Avery
asalinasavery@gmail.com
El santo Padre Francisco, ha tenido la iluminada idea de escribir una Bula con motivo del Jubileo de la Misericordia, presentando el “rostro de la misericordia”. Es una manera de revelación siempre actual de la propia esencia de Dios, manifestada en su muy amado Hijo Jesucristo. Hoy el evangelio nos ofrece una revelación gloriosa en la escena de la transfiguración. El evento está ampliamente rico de ingredientes narrativos característicos: el monte, el vestido blanco y resplandeciente, la aparición de Elías y de Moisés, entre otros. Es pues una auténtica epifanía solemne en la que la luz de la divinidad envuelve a Cristo. ¿De qué se trata? El lugar señala la necesidad que tiene Jesús de orar, buscando como siempre un lugar alto para encontrarse con Dios. ¿Qué le mueve para ir al monte? Seguramente el miedo ante la proximidad de su inminente destino de cruz. Busca en su temor, la respuesta y la fortaleza sólo en Dios. Y, Dios sale a su encuentro, le manda las profecías representada en Elías y el contenido de la Ley del Antiguo Testamento, representada en Moisés. El texto no nos dice lo que le dijeron, pero podemos suponer, que llegaron para animarlo al tratar el tema de la cruz: Tú Jesús, eres el Mesías así lo han anunciado las profecías y la misma Ley. Tú no puedes claudicar, si no eres Tú no hay otro. Tú eres el cumplimiento definitivo de la Escritura. Pero ya antes que ellos llegaran, Dios le había “transfigurado”, es decir: “su rostro cambió de aspecto y su vestido se volvió de un blanco resplandeciente”. Dios le quitó el miedo, haciéndole probar por un instante la gloria de la cual será sujeto de manera definitiva, después de la dolorosa crucifixión.
En griego “metamorfosis”, refiere precisamente al término “transfiguración”, a través de ella, el Jesús plenamente hombre, sometido al miedo normal de los mortales, se llena de la convicción que le ha dejado este maravilloso momento que el Padre al transfigurarlo, le ha regalado: Tú “eres mi Hijo, el Elegido”. Tal revelación del Padre para Él, le aleja todo temor y puede así caminar seguro y confiado que el Padre, no lo abandonará en la oscuridad de la muerte, sino que por el contrario le colmará hasta el borde de plenitud, con la gloria imperecedera del cielo.
La transfiguración del monte es la revelación de la presencia perfecta de Dios entre los hombres, más aún, en la carne del hombre Jesús de Nazaret. Tanto el bautismo, como la transfiguración de hoy, son la misma proclamación y glorificación del Hijo de Dios, con la cruz y la resurrección. Y, a todo este maravilloso misterio, habrá que no olvidar que todo es por el hombre, a quien Dios quiere salvar, a través, del envío de su Unigénito. En este domingo de luz en el que celebramos la epifanía del Dios aliado, del Hijo Salvador y del hombre salvado. La Iglesia descubre con este acontecimiento el lazo de amor profundo que une a Dios, a Cristo y al hombre. Todo un proyecto salvífico que se ve evidenciado en la próxima Semana Santa, allí todos junto con Cristo podemos llegar a la propia transfiguración, cuando abandonando el pecado aceptamos la vida que nueva que brota del manantial de la vida, de nuestro Señor, muerto y resucitado. Este es el mismo rostro de la misericordia, el que estamos llamados a encontrar en el camino de la Cuaresma, que estamos viviendo y que nos lanza al amor apasionado de Dios, nuestro Padre.

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