Punto de Vista Reflexión

La misericordia de Dios

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La misericordia de Dios
P. Juan Ángel López Padilla
Al inicio del año de la Misericordia dediqué un par de artículos al tema de esta Año Jubilar especial pero no directamente al tema de la misericordia.
Misericordia es un sinónimo de amor, de caridad. Eso lo sabemos todos, pero tengo miedo de que una cosa sea repetir ideas preconcebidas y otra muy distinta, tener realmente la experiencia de esa misericordia. Se los digo con mucha honestidad, dado que es un riesgo que corremos los que predicamos.
En estos días, estando fuera de la parroquia, me he visto obligado a no prepararme para predicar. Aunque suene egoísta y no sea exactamente para lo que me ordené sacerdote, creo que me hace mucho bien, tomar el tiempo para reflexionar sobre lo que la misericordia de Dios realmente es, en mi vida.
Cuando cada día me debo detener a leer las lecturas reconozco que la Cuaresma es realmente un tiempo particularmente privilegiado para la meditación, la introspección. La milenaria experiencia de la Iglesia,sin duda nos ayuda muchísimo, a la hora de ponernos delante de nosotros mismos, delante de lo que estamos llamados a ser.
La misericordia de Dios es una especie de mar inmenso en el que podemos sumergirnos y dejar que se hunda lo peor de nuestras historias personales. En la misericordia de Dios es donde debemos no sólo dejar nuestros pecados, sino nuestros miedos, nuestros temores, nuestros dolores y resentimientos. Este mar inmenso no tiene límites. Nada, absolutamente nada, puede quedar fuera de este espacio.
Aunque no quisiera referirme a nada de lo que el Papa ha dicho en México en estos días, porque estoy esperando a que termine la visita al momento que escribo estas líneas, no puedo dejar de pensar en lo que les dijo a los muchachos en Morelia. Con esa sencillez suya tan pasmosa, los volvió a colocar en su lugar y con un sencillo ejemplo nos recordó el corazón de Dios. Caer no es el problema, es quedarnos caídos.
Si hay cosa que niega nuestra humanidad, niega el proyecto de Dios, nuestra más fundamental vocación, es eso, quedarnos caídos. Alguno objetará que no es fácil levantarse, que no es fácil aceptar las caídas o que no es fácil cuando se vive la soledad; pero ahí es donde entra la misericordia de Dios. La misericordia de Dios es la nostalgia del alma por los brazos del Padre, es el recuerdo de un amor sin condiciones, de una paz que ha implicado el reconocimiento de la negación del proyecto de la felicidad.
La misericordia de Dios la experimenta el que ha caído, no el que cree que nunca se ha equivocado. La misericordia de Dios la vive el que sabe que ha pecado, pero sabe más aún, que el pecado no tiene la última palabra, ni la tendrá nunca. La misericordia de Dios la entiende el que en algún momento creyó que se podía alimentar de lo que era comida para cerdos. Insisto que es necesario hacer la experiencia del hijo perdido del evangelio de Lucas. Reconocer que nos hemos alejado de nuestro Padre y sobre todo, más que nada en este mundo, saber que sus brazos nos están esperando siempre. Siempre.

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