Punto de Vista Reflexión

23 de marzo

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Reflexión
23 de marzo
P. Juan Ángel López Padilla
Les ruego no vayan a empezar a pedir por mi salud mental, por favor. No es que me he confundido de fecha y estoy adelantándome de la nada. Lo que pasa es que muy en particular me choca un tanto la comercialización y banalidad con que se vive esta fecha del 14 de febrero.
Haya o no haya existido el tal san Valentín, no me cabe la menor duda que, si fue un mártir, él comprende muy bien que el amor es una entrega y no una “melcochería”. Nada más lejos del verdadero amor, que ese sentimentalismo barato que reduce lo más sublime a una pobre caricatura. De hecho, a una mala figura. No podemos, como seres humanos y menos como creyentes, avalar una visión que ha distorsionado tanto la virtud del amor.
Desde el momento en que hablamos de virtud estamos apuntando a entender que se trata de un hábito bueno, de algo que se práctica, no algo que se siente. No significa esto que no cuentan los sentimientos, al contrario; pero, dejar que nuestra vida se rija por los sentimientos es increíblemente riesgoso. El amor es una decisión, es una opción y como toda opción, lleva ligada en sí misma una renuncia, o varias.
Amar es renunciar, es optar, es decidirse. Por eso es que tenemos tantas relaciones atrofiadas, tantas relaciones frustradas. Cuando se nos adoctrina únicamente para recibir, para esperar sin dar, estamos destinados a un fracaso tras otro.
No es fácil aprender a amar o vencer la avalancha de malas concepciones que se nos presentan producto de esa ideología que llama amor a lo que no lo es. El amor es fuente de libertad por la que el “amante” (no sean mal pensados, en castellano significa “el que ama”), sostiene y acompaña de tal manera al “amado” que su objetivo es procurar su felicidad. El que ama jamás disminuye al otro, sino que lo ayuda a ser mejor. De hecho, en esto se prueba el amor, en esa capacidad de empujar al otro a perfeccionarse. Nada más alejado del amor que destruir la vida del otro. Conocer defectos y señalarlos es una tarea relativamente fácil. Atreverse a empujar a otro a potenciar sus dones, eso es amor.
Con todo respeto para los enamorados y todos aquellos que ya gastaron en peluches, chocolates y demás fuentes de colesterol o peor aquellos que hoy se decidieron en hacer un “gesto” a la persona amada por vía de la botánica floristera; pero, la verdad es que el día del amor y la amistad es fiesta móvil, no es una fiesta fija. Cada año cambia de fecha, aunque no cambia de día.
El día del amor y la amistad es siempre un viernes, pero nunca es un viernes cualquiera. Tiene apellido. Se llama Viernes Santo.
Este año el Viernes Santo, “cae” 23 de marzo. Para esa fiesta si quiero prepararme.
Ese es el sentido justo de esta Cuaresma. Vamos a celebrar el misterio del Amor, a celebrar la Pascua.
Amar como Él nos amó, como Él nos ama. Esa es la meta y así se celebra el día del Amor. No son chocolates, es la dulzura de la entrega que sabe a Cruz; no son rosas pero si es Pascua florida.

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