Buenas Nuevas

“Ningún profeta es bien mirado en su tierra”

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Al encuentro de  la palabra… según San Lucas para la Lectio Divina
“Ningún profeta es bien mirado en su tierra” (Lc 4,21-30 – IV Domingo del Tiempo Ordinario)
P. Tony Salinas Avery
asalinasavery@gmail.com
Hoy la liturgia de la Palabra presenta la realidad amarga del doble rechazo dado al profeta Jeremías y luego al propio Jesús. La sociedad de Jesús como la de todos nosotros está hecha de reconocimientos o rechazos, aceptación o invalidación. Jesús se presenta ante ese auditorio que ya lo ha descalificado diciendo: “¿no es el hijo de José?”, lo han descalificado por su proveniencia humilde, un compañero de ellos. Pero Él asume una actitud con la cual no desea convencerlos de su mesianismo, con el recurso de un show taumatúrgico para esos sus conciudadanos, que tienen deseos de tener un paisano fuera totalmente de lo común, por sus actos milagros y extraordinarios. Y para llevarles a la cumbre de su reflexión que refleja la voluntad de Dios en Él, cita a los “padres” del profetismo bíblico: Elías y Eliseo. Con ellos afirma que los milagros de Dios no tienen por destinatarios a los de casa, sino a los de afuera, a los extranjeros. El amor de Dios está basado en ser ofrecido a los más necesitados, refiriendo esto a Israel, se trataría entonces de los que están lejos, los últimos en este contexto universal. Jesús no hace sino demostrar esta actitud divina, dirigiéndose a los pobres que encuentra por los caminos. Sus poderes no le son dado para manifestar su valía, es más el no necesita ese reconocimiento, le basta y sobra el ser reconocido sólo por Dios mismo.
En la actitud de los paisanos de Jesús aparece la realidad de una religión orgullosa que no aprueba las acciones de Dios para con los demás y sobre todo, la ceguera de no ver entre los suyos de casa, la presencia real del Omnipotente, como suelen y gustan llamar a ,., habitado. La cruz ha sido en verdad el gran rechazo de los paisanos a su propio hermano, al que descalificaron por su origen humilde.
Semejante reflexión sobre el rechazo de Jesús y en la primera lectura del profeta Jeremías, señala que ambos fueron fuertes, llenos de esperanza en medio del abandono, pero sobre todo apunta a lo que hoy san Pablo nos ha dicho en esta segunda lectura de I Corintios 12,31-13,13: “Nada más perfecto que el amor”. Jesús no sólo ha soportado el rechazo, sino también el martirio, por la gran dosis de amor con que llenó el cáliz de su generosa entrega. Ese “amor que espera sin límites, aguanta sin límites”. Pablo enumera, sin embargo otra cualidad suprema del amor que sólo se dio en Cristo: “El amor no lleva cuentas del mal”.
Teniendo los ojos fijos en Jesús como sus conciudadanos los tenían sobre Él en la sinagoga, comprendemos que si el amor se apaga, también todas las otras virtudes humanas y religiosas se apagan con él. La propia vida entregada por los demás en un acto heroico, si no está sostenido por el amor, es sólo un gesto de autoglorificación personal. Jesús hizo del amor su causa, la única que puede redimir y salvar, por que es un amor-agape, amor de caridad, amor que supera al eros por ser éste ciego y egoísta, mientras que el otro sólo encuentra su felicidad al dar la vida por los amados. Jesús en verdad es amor que se da, amor que no pide nada a cambio, amor que supera el dolor.

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