Arquidiócesis

Sínodo Arquidiocesano

 Cardenal  óscar Andrés Rodríguez Maradiaga

Cardenal Óscar Andrés Rodríguez Maradiaga

Inauguración de la última asamblea del Sínodo Arquidiocesano
El mundo en el que vivimos, y que estamos llamados a amar y servir también en sus contradicciones, exige de la Iglesia el fortalecimiento de las sinergias en todos los ámbitos de su misión. Precisamente el camino de la sinodalidades el camino que Dios espera de la Iglesia del tercer milenio.

Lo que el Señor nos pide, en cierto sentido, ya está todo contenido en la palabra «Sínodo». Caminar juntos —laicos, pastores, Obispos— es un concepto fácil de expresar con palabras, pero no es tan fácil ponerlo en práctica.
En la exhortación apostólica Evangelii gaudium el Papa ha subrayado como «el Pueblo de Dios es santo por esta unción que lo hace infalible “in credendo”»[119], agregando que «cada uno de los bautizados, cualquiera que sea su función en la Iglesia y el grado de instrucción de su fe, es un agente evangelizador, y sería inadecuado pensar en un esquema de evangelización llevado adelante por actores calificados donde el resto del pueblo fiel sea sólo receptivo de sus acciones»[120]. El sensus fidei impide separar rígidamente entre Ecclesiadocens y Ecclesiadicens, ya que también la grey tiene su «olfato» para encontrar nuevos caminos que el Señor abre a la Iglesia[1].

Por eso hemos hecho la consulta en la preparación de nuestro Sínodo. Ciertamente, una consulta de este tipo en modo alguno no basta para escuchar el sensus fidei. Pero, ¿cómo sería posible hablar de la pastoral sin interpelar a las ovejas, escuchar sus gozos y esperanzas, sus tristezas y angustias?[2]

Por medio de las respuestas de los cuestionarios enviados a las parroquias y movimientos, hemos tenido la posibilidad de escuchar al menos algunas de ellas sobre cuestiones que las afectan muy de cerca y sobre las cuales tienen mucho que decir.

Una Iglesia sinodal es una Iglesia de la escucha, con la conciencia de que escuchar «es más que oír»[EG 171]. Es una escucha reciproca en la cual cada uno tiene algo que aprender. Pueblo fiel, presbíteros y Obispos,: unos en escucha de los otros; y todos en escucha del Espíritu Santo, el «Espíritu de verdad» (Jn 14,17), para conocer lo que él «dice a las Iglesias» (Ap 2,7).

El Sínodo es el punto de convergencia de este dinamismo de escucha llevado a todos los ámbitos de la vida de la Iglesia.

El camino sinodal comienza escuchando al pueblo, que «participa también de la función profética de Cristo»[LG 12], según un principio muy estimado en la Iglesia del primer milenio: «Quod omnes tangit ab omnibustractaridebet». El camino del Sínodo prosigue escuchando a los Pastores. «Pidamos ante todo al Espíritu Santo, el don de la escucha: escucha de Dios, hasta escuchar con él el clamor del pueblo; escucha del pueblo, hasta respirar en él la voluntad a la que Dios nos llama»[3]. Además, el camino sinodal culmina en la escucha del Obispo no a partir de sus convicciones personales, sino como testigo supremo de la fidestotius Ecclesiae, «garante de la obediencia y la conformidad de la Iglesia a la voluntad de Dios, al Evangelio de Cristo y a la Tradición de la Iglesia»[4].

La sinodalidad, como dimensión constitutiva de la Iglesia, nos ofrece el marco de  interpretación más adecuado para comprender el mismo ministerio jerárquico. Si comprendemos que, como dice san Juan Crisóstomo, «Iglesia y Sínodo son sinónimos»[5] —porque la Iglesia no es otra cosa que el «caminar juntos» de la grey de Dios por los senderos de la historia que sale al encuentro de Cristo el Señor— entendemos también que en su interior nadie puede ser «elevado» por encima de los demás. Al contrario, en la Iglesia es necesario que alguno «se abaje» para ponerse al servicio de los hermanos a lo largo del camino.

En una Iglesia sinodal, el Sínodo es la más evidente manifestación de un dinamismo de comunión que inspira todas las decisiones eclesiales. Una Iglesia sinodal es como un estandarte alzado entre las naciones (cf. Is 11,12) en un mundo que —aun invocando participación, solidaridad y la transparencia en la administración de lo público— a menudo entrega el destino de poblaciones enteras en manos codiciosas de pequeños grupos de poder.

Como Iglesia que «camina junto» a los hombres, partícipe de las dificultades de la historia, cultivamos el sueño de que el redescubrimiento de la dignidad inviolable de los pueblos y de la función de servicio de la autoridad podrán ayudar a la sociedad civil a edificarse en la justicia y la fraternidad, fomentando un mundo más bello y más digno del ser humano para las generaciones que vendrán después de nosotros[6].

[1] Cf. Discurso del Papa Francisco en el encuentro con el Comité de coordinación del Celam, Río de Janeiro (28 julio 2013), 5,4; Discurso en el encuentro con el clero, personas de vida consagrada y miembros de consejos pastorales, Asís (4 octubre 2013).
[2] Cf. Conc. Ecum. Vat. II, Cost. dogm. Gaudium et spes, sobre la Iglesia en el mundo actual, 1.

[3]Discurso durante la Vigilia de oración en preparación al Sínodo para la familia(4 octubre 2014).

[4]Discurso en la clausura de la III Asamblea general extraordinaria del Sínodo de los Obispos(18 octubre 2014).
[5]Explicatio in Ps. 149: PG 55, 493.

[6] Cf. Exort. ap. Evangelii gaudium, 186-192; Cart. enc. Laudato si’, (24 mayo 2015), 156-162.

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