Punto de Vista Reflexión

Caminamos juntos

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Reflexión
Caminamos juntos
P. Juan Ángel López Padilla
El título de mi columna, esta semana, se queda muy corto. Hemos caminado juntos en el II Sínodo Arquidiocesano de Tegucigalpa pero también estoy seguro que, con la ayuda de Dios, seguiremos caminando juntos, seguiremos siendo iglesia sinodal.
Cuando estoy escribiendo estas líneas estamos a punto de concluir la Asamblea Sinodal Final y debo admitir que estoy lleno de muchísima esperanza en relación al futuro de nuestra Iglesia particular.
Desde la Asamblea Arquidiocesana de Pastoral en Agosto del  2010, en que se solicitó al Arzobispo la realización del Sínodo, hemos venido acariciando la conformación de un Plan de Pastoral para nuestra realidad particular.
En agosto de 2014 se nos convocó a la realización de dicho Sínodo y en 3 etapas distintas, en las que se han aplicado 5 instrumentos de trabajo diferentes se consultó a todo aquel que quiso hacer parte de este proceso. En todas y cada una de las parroquias, opción que tomamos a partir de Aparecida con su llamado a una Renovación Parroquial, fueron conformados más de 1720 grupos sinodales en los que de manera absolutamente libre y con una creciente consciencia de corresponsabilidad, se obtuvieron literalmente, miles de propuestas con la intención de renovar y potenciar las diferentes Dimensiones de la Pastoral. Tanta vitalidad, tanto deseo de participar y sobre todo, tanto amor por su Iglesia demostró que somos una Iglesia viva, animada, valiente y que necesitaba justo este empujón para comprometerse cada vez más.
La tarea que tenemos por delante es increíblemente difícil, porque si algo nos descubrió el análisis de nuestra realidad y la luz que sobre ella lanzamos bajo la guía de la Palabra de Dios y del Magisterio de la Iglesia, es que hay muchísimo por hacer; pero, no estamos solos. En el mismo análisis redescubrimos que hay infinidad de manifestaciones esperanzadoras en nuestra Iglesia, que Dios no ha dejado de trabajar a pesar de nuestras infidelidades y de nuestros miedos; descubrimos que, aún en los espacios más adversos, es posible ver germinar semillas de santidad.
Para nosotros estos 100 años de historia eclesial, no pasarán ni han pasado en balde. Podríamos ponernos a llorar viendo la cantidad de hermanos que han dejado nuestra familia para adherirse a confesiones increíblemente reduccionistas del mensaje del Evangelio; podríamos sentarnos a llorar por tantas heridas que a diario se abren en las familias desintegradas, en los niños maltratados, en los jóvenes manipulados en lo emocional y sin oportunidades, en la omisión que hemos hecho de llegar a los alejados y a los descartados. Podríamos sentarnos a llorar pensando en que citamos más lo que dice el Papa, que hacemos lo que hace. Pero nuestra opción es diferente. Debemos terminar nuestro Sínodo con la mirada agradecida en Dios; en la protección de nuestro Santo Patrón que más pareciera tener esa espada para acicatearnos y hacernos salir de nuestra modorra que para “pegarle su buena” al que ya fue vencido en la Cruz. Debemos ver el rostro de la Morenita que peregrinó durante 3 meses por nuestras parroquias para recordarnos que somos hermanos y que si nos atrevemos a confiar, a escucharnos y a respetar nuestros carismas en el marco de una eclesiología de comunión de discípulos misioneros que llevan la Alegría del Evangelio, celebraremos muchos años más de existencia como Arquidiócesis, pero sumaremos más nombres al Libro de la Vida, que es nuestra real responsabilidad.

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