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Misericordia y consolación

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Misericordia y consolación
Jóse Nelsón Durón V.
El Señor ha estado grande con nosotros y, dentro de las desgracias que nos toca vivir en la dureza de esta sociedad que hemos construido, continúa Él manifestando con Su Iglesia la inmensa alegría de Su amor por nosotros, en cada celebración litúrgica y en cada momento de nuestras vidas. El primero de enero se cierra la Octava de Navidad con varios acontecimientos que calan el corazón de la oveja que obedece al Buen Pastor, como el mismo Señor Jesús se autodenomina, como precisando, dice San Agustín, porque también existen los malos pastores.Se dedica la Octava del Nacimiento del Señor Jesús a la Santa Madre de Dios, “consecuencia de la perfecta unión de las naturalezas humana y divina en Cristo desde el momento de la encarnación”. El primer día del año civil la Iglesia celebra la Solemnidad de María, Madre de Dios, y el Día de la Oración por la paz en la ciudad de Asís, cuna del hermano San Francisco, el pobrecito de Asís, con la ecuménica participación de Iglesias Ortodoxas y miembros de otras confesiones. La circuncisión del Divino Niño, que recibe en el mismo acto el nombre que significa «Yawéh salva», celebrado en la liturgia antigua del 2 de enero dedicada al Santísimo nombre del Señor Jesús, es otro de esos acontecimientos. Hemos recordado también a san Silvestre I, Papa; a los santos Basilio Magno y Gregorio Nacianceno, obispos y doctores de la Iglesia, magníficos adalides de la fe en sus respectivos tiempos. Como corolario de esta devoción que el santísimo Espíritu de Dios inspira en la Iglesia para tiempos tan duros para el mundo, el Papa Francisco ha conmemorado el año 2016 a la Misericordia de Dios, a cuya imploración la Iglesia universal entera dedicará todo un año.
Periódicamente nos proponemos lograr algunas metas en el transcurso del año que inicia y con el mayor de los énfasis prometemos agarrar fuerzas para cumplir las promesas. Los propósitos son variopintos e implican promesas de abandonos, cesaciones, mejoras, esfuerzos y hasta sacrificios, en el mejor sentido de la palabra, intuyendo que el nuevo período quizás se sumará a nuestras vidas y debe ser mejor. En el deseo de cambio y en el buen propósito, se manifiesta la misericordia del Señor, que es la que actúa de manera silenciosa y misteriosa desde nuestra conciencia, que es “el núcleo más secreto y el sagrario del hombre, en el que éste se siente a solas con Dios, cuya voz resuena en el recinto más íntimo de aquella” (Gaudium et Spes, 16; CV II). Es allí, en la conciencia, donde se libran las grandes batallas de la misericordia humana y donde se gestan las grandes victorias de la caridad instilada por el Altísimo Señor en el corazón de los hombres.
Es allí también de donde deben brotar actitudes y obras de consolación por las incontables personas que son víctimas, del sufrimiento causado por nuestros congéneres o de las marginaciones, miserias y limitaciones que causan y heredan nuestras pobrísimas escalas de valores, la indiferencia general y el grosero sentimientode “a mí no me afecta”. Pueden contarse por millares las personas que viven en niveles de miseria en unasociedad indiferente; las fatalidades vitales y sus consecuencias en los ánimos de las personas, cuya desesperación y total desamparo clama al cielo, mientras un sector favorecido hasta la vergüenza se pavonea por las calles y salones citadinos. La consolación es un fruto de la misericordia y debería ser brindada a esas personas, porque son nuestras, viudas, mujeres solas, huérfanos y afectados por la violencia e insensatez. Debemos atender el Salmo 71: “Al débil librará del poderoso y ayudará al que se encuentra sin amparo; se apiadará del desvalido y pobre y salvará la vida al desdichado”, si queremos merecer también nosotros la misericordia de Dios.

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