Buenas Nuevas

“Isabel escuchó el saludo de María…”

p7tonySalinasAl Encuentro de la Palabra

“Isabel escuchó el saludo de María…” (Lc 1,4-45 – IV Domingo de Adviento)

P. Tony Salinas Avery
asalinasavery@gmail.com

Hoy nos encontramos con la primera oración mariana en toda la historia del mundo y que resonó por primera vez sobre la faz de la tierra: se trata del Ave María, en su segunda parte: “¡Bienaventurada tú entre las mujeres y bendito el fruto de tu vientre!”. La antigua liturgia cristiana y la actual oriental y ambrosiana dedican, efectivamente, este último domingo de Adviento al misterio de la Virgen Madre. Esta bienaventuranza dedica a ella, la primera del Evangelio, es una fórmula que a menudo escuchamos a lo largo de toda la Biblia. En este caso viene señalada como una bendición por el don de la fecundidad. Como bien escribe el teólogo alemán, H. Beyer: “Toda mujer de Israel veía en la bendición del propio cuerpo un signo vivo y activo de la gracia operante de Dios; con mucha más razón la madre del Mesías es bendita entre las mujeres, o sea la bendita por excelencia”. Bueno este pensamiento de este autor, nos hace comprender que, si la bendición es signo de la presencia eficaz de Dios en una persona, en María esta presencia es suprema.

Analicemos un poco el contenido más explícito de la bendición. El contenido de la bienaventuranza dirigida a María está expresado en el original griego con un participio que tiene casi la función de una definición, “la creyente”. María es Bienaventurada no sólo por engendrar físicamente a Jesús, como lo entenderá aquella mujer de la multitud: “¡Bienaventurado el seno que te llevó!”, sino como le replicará Jesús mismo, bienaventurado porque “¡Ha escuchado la Palabra de Dios y la ha puesto en práctica!” (Lc 11,27-28). Y a esta realidad apunta la bienaventuranza expresada por Isabel: “¡Bienaventurada la que ha creído que se cumplirán las Palabras del Señor!

Comprendemos entonces que la bendición y la bienaventuranza van unidas entre sí, precisamente por el lazo de la fe, como ya se decía en el Antiguo Testamento: “Si obedeces en la fe a la Palabra de Dios, será bendito el fruto de tu vientre (Dt 28,1.4).

Así que queridos lectores, hoy tenemos un retrato de María Virgen, cercano a la noche santa de la Navidad, pintado por el evangelista Lucas, que según se ha dicho que en un lienzo pintó un retrato de ella, el de hoy es literalmente textual. Y, ¿Cómo la pinta? La pinta como “la mujer creyente” por excelencia, cita que emerge de este breve cántico de Isabel, y que es punto de referencia continuo de los evangelios y de la tradición cristiana. Por esto, a menudo los Padres de la Iglesia acercaron a María no sólo a Eva, “madre de todos los vivientes”, sino también a Abrahán, “nuestro padre en la fe”. La vida del patriarca fue una continua peregrinación en la fe como lo será también la de María. Y las etapas de este itinerario estará a menudo marcadas por la oscuridad, como en la escena final del Calvario, la última cita de María en los evangelios.

María santísima está pues, cerca de nosotros en este peregrinar como hijos de Eva en este valle de lágrimas y alegrías. Es recurrente al propósito de esta reflexión para su Lectio Divina, el considerar como uno de los iconos marianos más famosos del Oriente cristiano, es el llamado Odighítria, es decir, de María que “señala el camino”, el que nos conduce en la fe hacia su santísimo Hijo, nuestro Señor Jesucristo, a quien esperamos en la noche santa de su alumbramiento. Deseo a todos ustedes mis muy queridos lectores, en este Año Santo, una Navidad auténticamente Santa. Bendiciones y muchas felicidades.

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