Punto de Vista Reflexión

2015

p4padrejuanangelP. Juan Ángel López Padilla

ESPERANZA

El año que termina nos ha acercado más a Dios, nos ha acercado más a su venida y eso debería de llenarnos de profunda alegría. Si vemos el deterioro de nuestro mundo y de nuestras sociedades, por muy cierto que esto aparezca, no debe frustrarnos, sino que debemos ver todo con los ojos del Padre Misericordioso que confía y espera, que abraza y perdona, que anima y sostiene.

 A las puertas de un nuevo año es siempre muy conveniente hacer el balance del que está concluyendo para mirar con muchísima esperanza los días “nuevos”, a pesar de los dolores y las preocupaciones que hayan podido producirse en los días “viejos”.

Al menos descubro, de manera muy general, dos actitudes que se repiten frente a la novedad: personas que ven lo que se viene como un reto y personas que lo ven como un obstáculo. Es decir, hay quien comprende que cada día es una oportunidad, una posibilidad y hay otros que ven una carga, una “cruz”; hay quién se atreve a permitir que el año pasado le eduque para que el nuevo sea una cosecha y hay quien pretendiese creer que al fin y al cabo es lo mismo de siempre, con fecha distinta.

En la historia ha habido muchas teorías sobre la interpretación del tiempo. Muchas culturas y filosofías han querido ver el devenir de los años como un ciclo, como una rueda que va repitiendo cada cierto tiempo lo que ya antes había ocurrido, de manera pesimista, nada realmente es nuevo.

Otras culturas ven el tiempo de manera lineal. El problema es si esa línea asciende, desciende o no cambia. Para un cristiano que la línea del tiempo no cambie, es casi una herejía; y ver la línea de manera descendente, es la negación de la Resurrección, de la Redención.

Por eso creo que, en el fondo, es un asunto de la actitud de cada uno frente a su propia historia y frente a la concepción que pueda tener sobre el mundo en general y en eso se juega también, la madurez de fe que tengamos. El cristiano ve la historia, su historia y la de la comunidad de manera ascendente porque se dirige a Cristo. Todo tiene su centro en Él y todo pasa por Él. En la medida en que esto no sea un simple discurso, un contenido teológico que suena bonito, entonces enfrentaremos el nuevo año, cada día y cada minutos con la certeza de que no estamos solos y que muy al contrario nuestro destino no es el de dirigirnos a una fatalidad sino a una plenitud.

El año que termina nos ha acercado más a Dios, nos ha acercado más a su venida y eso debería de llenarnos de profunda alegría. Si vemos el deterioro de nuestro mundo y de nuestras sociedades, por muy cierto que esto aparezca, no debe frustrarnos, sino que debemos ver todo con los ojos del Padre Misericordioso que confía y espera, que abraza y perdona, que anima y sostiene.

No podemos descorazonarnos por los retos del nuevo año. Es Año Santo. Es Año para volver a lo central de nuestra fe: Dios es Padre y es Padre lleno de misericordia. De hecho podríamos decir que su nombre es Misericordia, dado que Dios es amor y la misericordia es otra manera de decir amor.

¡Vaya responsabilidad la que tenemos los católicos! Hoy más que nunca nuestra fe debe resaltar los valores de la construcción de la Civilización del Amor. En esta tarea no estamos solos. Nos tenemos el uno al otro y tenemos la certeza de la presencia de Dios, que no cambia, sino que nos atrae, nos impulsa y da plenitud a lo que somos y hacemos.

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