Homilia

Homilía del Domingo 13 de Diciembre de 2015

p3homiliaHomilía del Señor Arzobispo para el Tercer Domingo de Adviento
“¿Qué tenemos que hacer?” (Lc. 3, 7-20)
También nosotros necesitamos hacernos la pregunta que la gente hace al Bautista: “¿Qué tenemos que hacer?”. Tres veces se repite esta misma pregunta formulada por “la gente”, por “unos publicanos” y por “unos militares”. No se preguntan lo que hay que pensar, ni siquiera lo que hay que creer. Estos hombres y mujeres están dispuestos a transformar sus vidas.
En la respuesta a esta pregunta Juan Bautista no pide cosas desorbitadas sino que recomienda el amor al otro, la solidaridad y la justicia. El Bautista, hombre del desierto, les da una respuesta: “El que tenga dos túnicas, que le dé una al que no tiene ninguna”. Luego se le acercan los publicanos y les dice: “No exijan nada fuera de lo fijado”. Después,  unos soldados,  y les contesta: “No usen la violencia…”
“¿Qué tenemos que hacer?”.  Es la pregunta que todo aquel que desea seguir a Jesús, está llamado a hacerse continuamente. Para nosotros hoy es válida la respuesta del Bautista. Juan, el  Bautista,  nos ofrece con claridad y simplicidad, una respuesta decisiva, que nos pone a cada uno frente a nuestra propia verdad. ¿Qué tenemos que hacer ante esta crisis tremenda que estamos padeciendo?
“El que tenga dos túnicas que las reparta con el que no tiene…; no exijan más de lo que tengan establecido…; no hagan violencia a nadie, ni le saquen el dinero”. Las sencillas palabras del Bautista nos obligan a pensar que la raíz de la injusticia está también en nuestro propio  corazón. Las estructuras reflejan demasiado bien lo que nos mueve a cada uno. Y reproducen con mucha fidelidad la ambición, el egoísmo y el afán de poseer,  que hay en cada uno de nosotros. El deseo insaciable de riqueza, este sistema neoliberal ha pervertido la economía, que ya no busca la producción de bienes al servicio de la comunidad humana, sino la acumulación de riqueza en manos de las minorías más poderosas del mundo.
Este sistema ha separado la economía del bien común de la sociedad. La actual crisis no es sólo una crisis económica es una crisis de nuestra sociedad y se están promoviendo falsas soluciones pensando solo en salvar el sistema. ¡Cómo cambiaría nuestro mundo si cada uno lleváramos a la práctica la invitación del Bautista! ¡Cómo cambiarían nuestros países, nuestras familias, nuestras relaciones,  si cada uno pensara en el otro, en lo que necesita, en lo que le falta!
“Fue por toda la región del Jordán proclamando un Bautismo de conversión”. La conversión que proclama el Evangelio de hoy, es una invitación a una profunda transformación personal y de nuestra sociedad corrompida que sigue enriqueciendo a unos pocos…. Pero esta transformación empieza en el corazón de cada uno de nosotros… sí, que no lo olvidemos, comienza en cada uno de nosotros.
“El pueblo estaba en expectativa y todos se preguntaban si no sería Juan el Mesías”.Todos estaban seducidos por sus  palabras y el Bautista responde también a esa pregunta: “Yo los bautizo con agua;  pero viene el que  puede más  que yo y no merezco desatarle  la correa de sus  sandalias. El los bautizará con Espíritu Santo y fuego…”
Juan era un hombre humilde, que no se creía superior a nadie y por eso dice: Yo bautizo con agua; es decir, mi bautismo es sólo un rito… Él, Jesús, el  que viene, los bautizará con Espíritu Santo y fuego;  es decir, con la fuerza del amor de Dios y de la vida. Él, Jesús,  nos sumergirá en el fuego  del amor y de la vida, si le abrimos la puerta de nuestro corazón. Dios no cesa de llamar a nuestra  puerta como un humilde peregrino  buscando acogida.
En este Tercer domingo de Adviento hay también una invitación a la alegría: Dios, a través del profeta Sofonías,  en una situación tan difícil para Israel como para nosotros, dice a ese pueblo y a cada uno de nosotros: “Da gritos de alegría, hija de Sión, exulta de júbilo Israel, alégrate de todo corazón” (So.3,14-18).
El profeta nos recuerda el gozo de  Dios por nuestra vida: “El se goza y se complace en ti. Te ama y se alegra con júbilo como en día de fiesta”.Es una declaración de amor de parte de Dios: “Te ama, se  goza, y se complace en ti”. El motivo de este gozo es la venida de Dios, en Cristo, que cancela toda condena y habita en medio del mundo como salvador: “El Señor tu Dios,  en medio de ti… Su amor te renovará” (So 3, 14-18).  Su amor nos renovará a todos si lo acogemos en nuestro corazón.
San Pablo, en la cárcel,  invita a los filipenses y a nosotros a permanecer en la alegría: “Estén siempre alegres en el Señor; les  repito, estén alegres… El Señor está cerca” (Fil. 4, 4-7). Recuerden que cuando Pablo escribe a los cristianos de Filipos está en la cárcel pero afirma que se puede permanecer en la alegría incluso en los momentos oscuros. ¿A qué alegría se refiere? A la alegría que está inscrita en nuestro corazón. Pero, ¿cómo  distinguir la verdadera alegría de los placeres inmediatos? ¿Cómo encontrar la verdadera alegría, la alegría que permanece hasta en los momentos difíciles de nuestra vida? La fuente de la verdadera alegría está en Dios en la certeza de que somos amados por Dios. Y si Dios me ama y estoy seguro de ello, entonces tendré la experiencia de que es bueno de que yo exista y Él está cerca. Cerca por la Navidad,  cerca por la oración, cerca en los hermanos necesitados y cerca en su Palabra, en su Pan de Vida y en lo íntimo de nuestro corazón.  Y Pablo termina: “Nada les preocupe… Y la paz de Dios custodiará sus corazones”.
Volviéndonos a El que viene hasta nosotros en estos días de Adviento podemos decirle: Señor Jesús, Tú eres “el  que puede más que yo”; vence todas nuestras resistencias, ven a traer la paz y la alegría  a nuestro mundo. Ven Jesús, da fuerza al bien; ven a donde domina la mentira, la violencia y la injusticia. ¡Ven Señor, Jesús, ayúdanos a ser agentes de paz, testigos de paz y alegría!

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