Homilia

Homilía del Domingo 6 de Diciembre de 2015

pg3homiliaHomilía del Señor Arzobispo para el Segundo Domingo de Adviento
“Una voz grita en el desierto, preparen el camino del Señor” (Lc. 3, 1-6)
En Juan el Bautista resuenan con fuerza las palabras de Isaías: “Preparen el camino al Señor, allanen sus senderos”. De eso se trata de preparar un camino para que el Señor llegue a nuestra vida. ¿Cómo podremos preparar un camino a Dios en nuestra vida?, ¿Cómo hacer espacio a Dios en medio de las prisas, la agitación, y el activismo que vivimos y que nos impiden escucharnos interiormente?
“El año quince del reinado del emperador Tiberio vino la Palabra sobre Juan en el desierto”. El Evangelio de Lucas sitúa la misión de Juan el Bautista en el marco de la historia del mundo pagano y de Israel. Y lo hace con un tono solemne, (“el año quince del reinado del emperador Tiberio”…) Sí, la salvación de Dios acontece en una historia bien concreta, como nos la presenta el Evangelio de hoy: “En el año quince del reinado del emperador Tiberio”… Es decir, la salvación, la vida plena que Dios nos ofrece a todos acontece en “nuestro año quince”, es decir, en nuestra historia personal, con nuestros problemas y nuestras esperanzas, con nuestras insatisfacciones y nuestros deseos de vida en nuestra situación concreta… Allí donde cada uno se encuentra y tal como está en realidad. Dios viene a nosotros siempre en nuestra realidad concreta.
Dice el Evangelio que “vino la Palabra de Dios sobre Juan en el desierto”: el desierto es el lugar en el que Juan recibe la Palabra. Esto es significativo; el “desierto” significa lugar de silencio, de búsqueda interior, de distancia crítica de las corrientes de moda y de todo aquello que nos separa de lo esencial. Juan nos enseña a escuchar a Dios en el “desierto” de nuestro corazón. ¿Quién escuchará a Dios en el “desierto” de su corazón?, ¿Qué nos ayudará a ir a lo esencial en nuestra vida?
“Preparen el camino al Señor”. ¿Pero cómo preparar el camino al Señor en este Adviento? Para hacerlo el Bautista echa mano del texto de Isaías. Hay en ese texto cinco verbos sugerentes detrás de los cuales está diseñado todo el trabajo para este Adviento: hay que “allanar los senderos,” es decir, recuperar una fidelidad sin baches; hay que “elevar los valles”, que quiere decir salir de los vacíos y de los sinsentidos, y dejar los barrancos del desaliento y de la desconfianza; “descender montes y colinas”, rebajar ambiciones, dejar de lado la autosuficiencia y la arrogancia; “enderezar lo torcido”, salir de una vez de las ambigüedades en las que nos movemos cada día; “igualar lo escabroso”, nivelar con justicia las escandalosas desigualdades de nuestro mundo.
También el Adviento nos invita a hacernos conscientes de que la Tierra se está calentando, que casi cada mes se baten récords de temperatura global, y que hielos y nieves se derriten. Necesitamos una responsabilidad ante el calentamiento de la Tierra si no queremos continuar hacia una carrera suicida.
Por supuesto, “preparar el camino al Señor” consiste en crear relaciones nuevas, en pasar de la injusticia a la justicia, de la angustia a la confianza, de la tristeza a la alegría y en hacer la vida más humana y feliz para todos.
Este programa tan concreto se cierra con la afirmación contundente: “y todos verán la salvación de Dios”. La salvación de Dios, la vida plena está ofrecida a todos, y se  ofrece también a todos nosotros. Esta es la Buena Noticia del Evangelio: Dios, en Cristo, ofrece su amor y su vida a todo ser humano  sin excepción. No se puede ver la salvación de Dios si no hay conversión interior, si no hay cambio en profundidad, si no avanzamos en el compartir y en la solidaridad.
La salvación viene y acontece en la historia, en la historia colectiva y en nuestra historia personal. ¿Cómo abrirle caminos a Dios? ¿Cómo hacerle más sitio en nuestra vida? Cada uno ha de hacer su propio camino.
Con razón se nos invita,  también hoy,  a la esperanza de una manera nueva tal como lo hemos oído en la primera lectura,  el profeta Baruc,  escribe: “Jerusalén, despójate de tu vestido de luto y aflicción y vístete las galas perpetuas de la gloria que Dios te da”. Este mensaje está dirigido a Jerusalén, para alimentar la esperanza en la vuelta de los desterrados en Babilonia, por eso, es una llamada a la esperanza. También es una invitación a un cambio de actitud ante nuestra vida. “El vestido de luto”, significa nuestras desesperanzas, nuestras tristezas, nuestros continuos lamentos que nos paralizan y nos impiden vivir la esperanza y la alegría.
Nosotros hoy,  necesitamos preguntarnos: ¿Qué vestido de luto siento que tengo que dejar? ¿O qué vestido de fiesta Dios me está ofreciendo?
Retengan las palabras de Pablo a los filipenses que hemos escuchado: “Esta es nuestra confianza: que el que comenzó en  la buena obra la llevará a término”.
En este domingo,  nos volvemos al Señor para decirle: Ven, Señor, a nosotros. Líbranos de toda tristeza y danos tu alegría. Abre para nosotros un camino nuevo en el que podamos rebajar los montes y rellenar los valles… Señor, que luchemos contra las montañas de nuestro orgullo y que nuestro encuentro contigo rellene los vacíos de nuestro corazón. Podemos decir con el salmo de hoy: “El Señor ha estado grande con nosotros y estamos alegres”.

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