Punto de Vista Reflexión

El Año de la Misericordia

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El Año de la Misericordia
P. Juan Ángel López Padilla
De todas las cosas que ha hecho Papa Francisco en sus casi tres años de pontificado, es esta la que más me ha gustado: concluir la celebración de los 50 años del Concilio Vaticano II con un año jubilar.
Si la Iglesia está para evangelizar, nada mejor que haciéndolo mostrando el rostro misericordioso de un Dios que es Padre. No un Dios paternalista, sino Padre.
No una caricatura legalista o simplona de Dios, sino en toda su magnificencia, en todo su poder, porque el poder en su corazón consiste no en lo que se puede hacer, sino en lo que se es; y Él es eso, es misericordia, es amor.
Si recorremos las páginas de las Sagradas Escrituras o de la Tradición de la Iglesia, encontraremos como se repite por todas partes esta condición de un Dios cercano, de un Dios que lo hace todo por demostrar cuanto está siempre dispuesto a perdonarnos, a abrazarnos.
La fecha no su inicio es más que elocuente. No se trata de conmemorar sólo el hecho que un 8 de diciembre de 1965 clausuraba el Beato Pablo VI el Concilio Ecuménico Vaticano II, sino que es día de la Madre, pero más que eso, es día del inicio del proyecto de la Encarnación. En el corazón de Dios, desde la eternidad estaba decidido amar hasta ese punto, pero quiso valerse de la ayuda de esta muchachita a la que predestinó para ser vehículo de su amor. Pero la necesitó.
El Dios omnipotente se vio necesitado, se obligó a sí mismo a esperar la prudencia de María, a esperar su asentimiento.
Por eso, comenzar el Año de la Misericordia en el corazón de la Madre, en el proyecto de amor de Dios con ella y por ella, le da sentido grande a su perdón, a su amor por su criatura.
Es un año para volver la mirada a lo que estamos haciendo con nuestra relación con Dios, con los hermanos y con nosotros mismos. Este diciembre y este año entrante, no serán iguales. No se aplica lo de la cumbia de los Falcons o de la versión de Polache: Aquellos diciembres que no volverán.
Aunque teológica y litúrgicamente me queda claro que la época más importante es la de Pascua, no me cabe duda que en el corazón de todos, lo entrañable de estos días, no se puede sustituir. Diciembre es diciembre. Pero este diciembre se torna en Pascua. Se torna en vuelta al plan amorosísimo de Dios.
¿Cuál es el riesgo que corremos? Primero, darnos por desentendidos con el amor de Dios. Desperdiciar esta oportunidad de volver a Él. Me asusta pensar que vamos a desaprovechar el abrazo de Dios. Como se desperdician estos días en cualquier cantidad de desenfrenos o melancolías por lo que no va a cambiar, si no lo decidimos. En serio, me asusta pensar que haya quién no quiera volver a Dios, que no quiera beneficiarse de la Gracia sobreabundante que implican estos días.
En segundo lugar, el riesgo también está en pensar que podemos dejar pasar los meses y tal vez al final decidirnos a entrar en este ritmo jubilar. No hay tiempo que perder. Este es el tiempo de la Misericordia, es el tiempo de la Salvación. Aprovechemos que Dios no tiene ofertas como supermercado o centro comercial. Él es la ofrenda.

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