Diálogos "Fe y Razón" Punto de Vista

Dejémonos sorprender

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“Fe y Razón”
Dejémonos sorprender
Diac. Carlos Eduardo  
carloseduardiacono@gmail.com
A punto de ser inaugurado el Año Santo de la Misericordia, me he dado a la tarea de leer la bula papal, en la que convoca a este período extraordinario. El texto  de “Misericordiae Vultus” está lleno de referencias bíblicas, lo que no nos sorprende, pues se trata de un tema sumamente abundante en la Escritura, ya que la misericordia  se refiere a uno de los atributos característicos de Dios, el gran protagonista del texto sagrado.
Ante un Padre lleno de misericordia y dispuesto a perdonar, lo lógico es –indica el Papa Francisco- arrepentirse, convertirse y pedir perdón. El llamado lo hace a cada uno de nosotros, tanto a los que frecuentamos el templo, como a los que se acuerdan de Dios de vez en cuando, pero sobre todo a los más alejados, a los más duros, como decimos entre nos.
Pareciera como si Su Santidad acabara de sintonizar alguno de nuestros telediarios, o terminase de leer alguno de nuestros periódicos. «Mi invitación a la conversión se dirige con mayor insistencia a aquellas personas que se encuentran lejanas de la gracia de Dios debido a su conducta de vida». Y a renglón seguido se dirige a quienes practican la violencia criminal, y a quienes se han dedicado a la abyecta corrupción. Les recuerda –y nos recuerda- que éste es el tiempo oportuno para cambiar de vida (MV 19).
«Pienso en modo particular a los hombres y mujeres que pertenecen a algún grupo criminal, cualquiera que éste sea. Por vuestro bien, os pido cambiar de vida. Os lo pido en el nombre del Hijo de Dios que, si bien combate el pecado, nunca rechaza a ningún pecador. La violencia usada para amasar fortunas que escurren sangre no convierte a nadie en poderoso ni inmortal. Para todos, tarde o temprano, llega el juicio de Dios al cual ninguno puede escapar».
Luego se dirige al segundo grupo, con palabras inequívocas: «La misma llamada llegue también a todas las personas promotoras o cómplices de corrupción. Esta llaga putrefacta de la sociedad es un grave pecado que grita hacia el cielo pues mina desde sus fundamentos la vida personal y social. La corrupción impide mirar el futuro con esperanza porque con su prepotencia y avidez destruye los proyectos de los débiles y oprime a los más pobres… La corrupción es una obstinación en el pecado, que pretende sustituir a Dios… es una obra de las tinieblas».
Es probable que ni usted ni yo reaccionemos frente a estas dos lamentables lacras como el Papa lo hace. Nos indignamos, pedimos capturas, exigimos que caiga sobre ellos todo el peso de la Ley. Y es lógico que así sea.  Entonces, ¿cuál es la diferencia?  Se nos está recordando que todos estamos en el mismo barco, todos somos peregrinos en esta vida. Dios ofrece su misericordioso perdón a todos, es decir, a nosotros…¡y a ellos! Si no lo entendemos nos parecemos al hermano del hijo pródigo, o a aquel a quien mucho le perdonaron que negaba igual misericordia a su compañero, o aquellos obreros que protestaron a su empleador, por dar el mismo salario a quienes trabajaron mucho menos que ellos (Lc 15, 25-32; Mt 18, 23-35; Mt 20, 1-16).
Sí, debemos orar por todos ellos. Se nos pide que hagamos el esfuerzo por entrar en la lógica de la misericordia, que debe ser la lógica de la Iglesia: «El Papa os tiende la mano. Está dispuesto a escucharos…  la Iglesia os ofrece misericordia. En este jubileo dejémonos sorprender por Dios» (MV 19/25).

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