Caminar Punto de Vista

Consolación

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Consolación
Jóse Nelsón Durón V.
Asustan a muchos, y a otros preocupan; llenan de angustia, temor y desesperanza, los tiempos que vivimos; no precisamente ellos, sino la manera en que los estamos viviendo. Unos de manera más dura que otros, pero casi todos inmersos en la incertidumbre, como en el aire, palpando el dolor en secreto, el silencio hermano que se afilia con la muerte y con la separación forzada, con el abandono; latente en los rostros, palabras, llantos, rezos y lágrimas de la impotencia, conscientes del rostro policial vuelto al lado y de la patrulla que nunca llegó; del radio o teléfono que jamás contestó; de la vecina o del hermano que jamás comprendió; causado por la injusticia, exclusión, matización, caracterización y gradación que, automática y sutilmente, practicamos ante el dolor ajeno en esta sociedad que debería sentirse honrada si pudiera llamarse hermandad.
Cunde el dolor, pega, daña y se ensaña, no sólo con los hermanos más pobres, los más pequeños, débiles y apartados; que marginamos hasta con la mirada, gestos y actos,sin mencionar los segregados por quienes deberían garantizar la vida y la tranquilidad de todos. Es tan fácil sufrir, padecer y morir por ser pobre o por estar solo; sin opciones, en la desesperanza aprendida, en la soledad, forzada por la bala o el arma “blanca”, por el desamor, por la indiferencia y el desinterés, por la pobreza inculta y obligada por la falta de oportunidades;en la aflicción por la inutilidad de los propios actos y en la pasividad insertada a fuerza de balas y armas no tan blancas, rojas de sangre inocente, como el corazón de la mujer que grita, ora y gime su viudez, su orfandad, su soledad.
Platicaba con mi esposa del padre Marcos Reiniery Alvarado y, de repente, lo encontramos durante la bendición del Nacimiento del Arquitecto Fernando Martínez, ¡cosas de Dios! Como siempre, el padre Marcos con el carisma de su Congregación, la familia Pasionista, acuestas: “Cristo murió porque los hombres matan. Pero eso no es todo: Cristo ha muerto libre y amorosamente porque se echó al corazón y a los hombros la cruz del hombre. La tierra en la que crece el carisma pasionista es la contemplación y solidaridad con el Crucificado, que nos remite a los crucificados de la tierra, y viceversa.” Pero no para allí, él comenzó a decir que Monseñor Emiliani quiere invitar a todos a luchar por el sufrimiento de las madres que son dejadas solas de repente por el asesinato;que les arrebata sus hijos, maridos, hermanos y padres en el marasmo de violencia que nos envuelve; que se ven obligadas a sobrevivir solas, abandonadas a su propia suerte porque alguien nunca aprendió a amar; que mal viven con esfuerzos sobrehumanos en una sociedad ciega, muda y sorda a las necesidades apremiantes de esos seres abnegados; mujeres pobres que deben mal vivir hasta con sentimientos culpables, por haberlo dejado ir aquella mañana, al hijo, al marido o al hermano; o no haberle dado de comer por no tener con qué; o no haberle enviado a la escuela o al colegio en lugar de verse obligada a pedirle buscar unos centavos… se sienten solas y culpables; no tienen tiempo ni deseos siquiera de pedir perdón, hartas de ser como son y tener nada; cansadas de mendigarle a la sociedad y al gobierno. Nos invita a pedir a Dios por ellas, a consolarlas y propiciar en la sociedad las condiciones que puedan siquiera aliviar un poco sus sufrimientos.
« ¡Consolad, consolad a mi pueblo!, dice vuestro Dios», afirma Isaías, el profeta de la consolación. Miles de voces gritan en el desierto de la desesperación, de la miseria; prepárenles un camino, allanen sus calzadas, que las montañas de sufrimiento que les afligen sean cortadas y que los valles de la indiferencia eleven su condolencia, que significa compartir el dolor, para que todas compartan la dignidad de hijas de Dios. Es un deber la consolación, el acompañamiento en el sufrir, el izar sus egos y dignidades; hacerles saber que no están solas, desamparadas, como hasta sus mismas familias les hacen sentir, sumiéndolas en el silencio y negándoles hasta el privilegio de expresarlo.Son hermanas que necesitan ayuda sicológica, compañía espiritual, ayuda material.
La patria debe compensarles sus sufrimientos, curarles las heridas infringidas por una sociedad herida, enferma por desidia común, de gobernados y gobernantes. Debería haber, en lugar de tanto gasto en el pago a partidos políticos por votos que no merecen, gastos en armas, gastos superfluos y tantos dineros “ganados” por la corrupción, ayudas de profesionales de la sicología en jardines infantiles, escuelas, colegios,  universidades y hogares, capaces de orientar nuestra niñez y juventud por sendas del bien y del esfuerzo positivo y les den armas, a ellas sí, pero no letales, sino intelectuales, espirituales y morales, paraque, como dice el Salmo 84: “La misericordia y la fidelidad se encuentren, la justicia y la paz se besen; la felicidad brote de la tierra y la justicia mire desde el cielo.” Así sea.

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