Buenas Nuevas

“Tú eres el Rey de los judíos”

p7tonyAl encuentro de  la palabra… según San Juan para la Lectio Divina
“Tú eres el Rey de los judíos”
(Jn 18,33-37 – Solemnidad de Cristo Rey)
P. Tony Salinas Avery
asalinasavery@gmail.com
Esta solemnidad queridos amigos fue instituida por el Papa Pio XI en 1925, y ¡Qué bella es! Fijémonos que para los tres primeros evangelistas que llamamos sinópticos, el reino está presente en la palabras de Jesús, mientras que en el cuarto evangelio toma un realce especial solo al final de la vida en la persona misma de Cristo, teniendo lo como rey verdadero en el árbol de la cruz, donde la alusión al tema aparece una decena de veces con muchos elementos gráficos incluso. Así nos lo presentará el relato del diálogo de Jesús con Pilato. Todos los evangelistas trasmiten la pregunta de este funcionario romano: “¿Eres tú el rey de los judíos?”, pero sólo Juan reporta no una breve respuesta (“¡Tú lo dices!”) sino un diálogo propiamente dicho con una puntual definición del reino de Cristo.
Las respuestas de Jesús aseguran la veracidad de un reino que él ha venido a instaurar. De manera negativa le hace ver: “Mi reino no es de este mundo, no es de aquí abajo”. No se trata de un proyecto político, no es un sistema de poder ni una estrategia por guardias del cuerpo o legiones terrenas, como prueba la radical diversidad positiva de la realeza de Cristo. De manera positiva le asegura que es un “reino de la verdad”, y que sólo los que son de la verdad, escuchan su voz.
La confrontación entre Cristo y Pilato, es pues, la definición de dos reinos antitéticos. Por una parte el reino imperial que necesita hacer correr ríos de sangre para basarse y sostenerse, que necesita mentiras, opresión y esclavitud. Mientras que el “reino de la verdad”, que tiene su raíz en la solidaridad entre Dios y el hombre, que necesita adhesión amorosa, tiene su realización no en la sangre de los otros sino en la sangre derramada por su rey y Señor.
De los todos los evangelios podemos notar pues, que Cristo ve en el don de sí mismo, en la pérdida de la propia vida, en la bondad y en el sacrificio de sí la raíz de todo bien. Su reino no tiene como ley el dominio sino el servicio, no se construye sobre la prevaricación sino sobre la justicia. Señalando además, como todas las lecturas de este domingo, afirman su eternidad, su trascendencia y por tanto la indestructibilidad de este pequeño reino, de esta semilla oculta en la tierra de la historia.
El Cristo que hoy adoramos no es, pues, un Cristo intimista, débil o carente de las fortalezas que requiere la vida humana; al contrario, es el que impulsa a la humanidad sin ejércitos o poderes políticos y económicos, logrando sembrar miedo entre las filas del mal. Ciertamente este es el Cristo que nos hace falta, y al que los mártires romanos del siglo I, supieron reconocer cantando mientras caminaban al suplicio: “¡Cristo Vence, Cristo Reina, Cristo Impera!”.

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