Diálogos "Fe y Razón" Punto de Vista

Misericordia, pese a todo

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Misericordia, pese a todo
Diac. Carlos Eduardo  
carloseduardiacono@gmail.com
A pocas semanas de iniciar el Año Santo de la Misericordia, seguimos reflexionando sobre el tema, alimentando nuestros pensamientos con la carta encíclica “Dives in Misericordia”  (Rico en Misericordia) de Su Santidad Juan Pablo II, a 25 años de su publicación.
Como un tema central el Papa utiliza la llamada Parábola del Hijo Pródigo (Lc 15, 1-32), que muestra la gran misericordia de su padre y explica cómo ése hijo, pese a todo, podía ser todavía merecedor de ella: “Leemos, en efecto, que cuando el padre divisó de lejos al hijo pródigo que volvía a casa, «le salió conmovido al encuentro, le echó los brazos al cuello y lo besó». Está obrando ciertamente a impulsos de un profundo afecto, lo cual explica también su generosidad hacia el hijo…   Sin embargo, las causas de la conmoción hay que buscarlas más en profundidad. Sí, el padre es consciente de que se ha salvado un bien fundamental: el bien de la humanidad de su hijo. Si bien éste había malgastado el patrimonio, no obstante ha quedado a salvo su humanidad. Es más, ésta ha sido de algún modo encontrada de nuevo…  La fidelidad del padre a sí mismo está totalmente centrada en la humanidad del hijo perdido, en su dignidad. Así se explica ante todo la alegre conmoción por su vuelta a casa…   Esta alegría indica un bien inviolado: un hijo, por más que sea pródigo, no deja de ser hijo real de su padre; indica además un bien hallado de nuevo, que en el caso del hijo pródigo fue la vuelta a la verdad de sí mismo” (DM, 6).

Las Palabras del Papa nos llevan a algunas conclusiones:
1) Dios ha hecho un pacto con la humanidad (antigua y nueva alianza) y, aunque la humanidad rompa sus compromisos, Él permanece siempre fiel.
2) El hombre puede llegar a deteriorar su relación con Dios y con sus semejantes, pero no cambia su naturaleza.
3) La dignidad humana puede opacarse, pero no desaparece del todo y puede y debe ser restaurada.
4) La misericordia surge del amor de quien la ofrece, pero también porque, pese a todo, hay alguien digno de ser amado.
5) La misericordia es la conducta habitual de Dios, pero no parece ser nuestra conducta acostumbrada.
En efecto, si bien esperamos que el Señor sea siempre misericordioso con nosotros y nos atrevemos a pensar que los demás deberían también serlo, no practicamos misericordia con nuestro prójimo. Actuamos como el siervo despiadado, que habiendo recibido de su rey el perdón de sus deudas, no quiso perdonar las que uno de sus compañeros tenía con él (Mt 18, 23-35).
En el plano individual y en el colectivo vemos que nos comportamos así cuando habiendo recibido el don extraordinario de la vida, se la negamos al que ha llegado al vientre materno, o matamos a un hermano con violencia homicida; habiendo nacido en una naturaleza exuberante, quemamos el bosque, contaminamos el aire, degradamos los suelos o deterioramos las cuencas; habiendo heredado quizá alguna fortuna, la dilapidamos en gustos y caprichos personales, no creamos fuentes de trabajo y nos olvidamos de nuestra responsabilidad social; teniendo salud y conocimientos no los ponemos al servicio de los demás, por pereza o por creer que los talentos deben atesorarse y no compartirse. Nuestra falta de misericordia se demuestra sobre todo cuando, sabiendo que Dios nos ha perdonado una y otra vez, negamos el perdón y cultivamos el rencor o, peor aún, la venganza.
A las puertas del adviento se nos ofrece un tiempo favorable para recapacitar y se nos abre en breve el Año Santo de la Misericordia para recibirla, pero sobre todo para compartirla. Oremos con el salmista: “Que tu misericordia,Señor, venga sobre nosotros, como lo esperamos de Ti” (Sl 32, 22).

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