Punto de Vista Reflexión

Las metas en la educación

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Juan Ángel López Padilla

Me sorprende siempre, la alegría que nos significa como país, eso de alcanzar la meta de los 200 días de clases, en el sistema educativo básico. No pretendo para nada juzgar el desempeño de los últimos años de la Secretaría de Educación, porque claro que es un logro, pero no deberíamos considerarlo nunca una meta, o al menos no como una meta definitiva.

Un país que no invierte en la educación de sus niños y jóvenes, está condenado ya. Condenado a seguir produciendo mediocridad y sobre todo condenado a sumirse en esa actitud de extrañarse cuando sobresale alguno de los suyos. Condenado a dejar partir a los mejores de sus hijos porque en otras latitudes, sin duda, se les reconocerá y potenciará. Condenado no sólo a no tener mano de obra calificada sino a seguir sumido en una pobreza tal que, más allá de las carencias materiales, desembocará en carencias morales inmensas, como las que ya de por sí tenemos. Condenado a producir corruptos, arribistas y revanchistas; que no llamarán a las cosas por su nombre porque no aprendieron nunca, siquiera a escribir bien, pero aprendieron a usar eufemismos y a vivir de aquella simplicidad que lleva a unos a decir que “al menos me entendieron”.

Cuidado terminan creyendo que estoy siendo tan parcial en este análisis, que llego a generar una ecuación entre pobreza material y criminalidad. Pero es todo lo contrario. En la práctica quiénes nos han gobernado, no han sido en su mayoría, personas producto del sistema educativo público, sino del privado. Lo que pasa es que entre menos gente formada tengamos, será mayor el número de los que se aprovecharán de esa condición. Reinará eso que llamamos “viveza” en Honduras, pero que en cualquier otra parte del mundo, se le llama: delito. Un pueblo educado no sabe reclamar sus derechos solamente, entiende que ante todo tiene deberes.

La educación, en un país como el nuestro, no es un asunto sólo de índices o de exámenes de admisión. Lo que debería crecer es un compromiso altísimo por proponernos contribuir a la dignidad de tantos que han sido marginados, cuando no descartados.

Por mi trabajo en la tesis doctoral he tenido que leerme una buena cantidad de documentos de las visitas de los Obispos de la antañona Comayagua, a varias partes del país, y siempre me he encontrado que escriben en los Libros de Gobierno Diocesano o en sus Libros de Diario, que al llegar a las comunidades de todos los rincones del país, se encontraban con niños y niñas muy capaces, muy inteligentes, o como diría Monseñor Manuel Francisco Vélez, muy adelantados.

Esta semana me llamó la atención la descripción de uno de esos “cipotes” de tierra adentro, de Gualcinse específicamente, que al dirigirse al Obispo Vélez, le hizo una reseña de lo que significaba gobernar.

En pocas palabras, le hablaba de que se gobierna con el ejemplo y, sobre todo, con la mirada puesta en los que menos pueden, porque quién sabe ayudar a otros, en lugar de ponerles mil trabas, les ayuda no sólo a salir de su postración, sino que les impone la misión de hacer lo mismo con otros y en aquella cadena, que comienza en la familia, surgen las naciones grandes. Estoy seguro que aquello que decía ese muchachito de 1892, es aplicable al 2015.

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