Diálogos "Fe y Razón" Punto de Vista

¿Justicia o Misericordia?

p5dialogosDiac. Carlos Eduardo

Como preparación al Año Santo de la Misericordia, estamos recordando algunos temas de la carta encíclica “Dives in Misericordia” (Rico en Misericordia) de Su Santidad Juan Pablo II, de la que se cumplen en este mes de noviembre los 25 años de publicación.

En el Evangelio según san Mateo se llama bienaventurados tanto a “los que tienen hambre y sed de justicia”, como a “los misericordiosos” (Mt 5, 6-7). Justicia y misericordia son de este modo virtudes que el cristiano debe practicar e impulsar para hacer un mundo más humano. ¿O habría que decir más divino? La justicia, en el pensamiento de Santo Tomás de Aquino es un “principio ético que obliga a dar a cada uno lo suyo”, lo que en derecho le corresponde. Y conceptualizamos la misericordia en lo seres humano como una “virtud que inclina el ánimo a compadecerse de los sufrimientos y miserias ajenos” al tiempo que se le considera “un atributo de Dios, en cuya virtud perdona los pecados y miserias de sus criaturas” (RAE, sub voce).

Conociendo este modo habitual de pensar, la encíclica analiza: “De este modo, la misericordia se contrapone en cierto sentido a la justicia divina y se revela en multitud de casos no sólo más poderosa, sino también más profunda que ella. La primacía y la superioridad del amor respecto a la justicia (lo cual es característico de toda la revelación) se manifiestan precisamente a través de la misericordia.  La misericordia difiere de la justicia pero no está en contraste con ella, siempre que admitamos en la historia del hombre —como lo hace el Antiguo Testamento— la presencia de Dios, el cual ya en cuanto creador se ha vinculado con especial amor a su criatura” (DM 4).

De modo semejante razonaba S.S. Benedicto XVI: “Justo, para nosotros, es «lo que se debe al otro», mientras que misericordioso es lo que se dona por bondad. Y una cosa parece excluir a la otra. Pero para Dios no es así: en él justicia y caridad coinciden; no hay acción justa que no sea también acto de misericordia y de perdón y, al mismo tiempo, no hay una acción misericordiosa que no sea perfectamente justa” (Discurso, 18 de diciembre 2011).

Conociendo nuestra radical debilidad humana –nuestra condición de pecadores- más bien debemos gozarnos de que no estamos únicamente sujetos a la justicia divina, sino que podemos esperar que practique con nosotros su infinita misericordia. Por eso repetimos con el salmista: “No nos trata como merecen nuestros pecados, ni nos paga según nuestras culpas” (Salmo 103, 10).

Al no tener la perfección divina, solemos ser muy benevolentes con nosotros mismos y severos con los demás. Estimamos, por ejemplo, que la justicia debe castigar a los culpables y pedimos que caiga sobre ellos todo el peso de la Ley. Incluso muchos, justamente indignados por crímenes horribles, o por la inmensa desvergüenza de ciertos funcionarios corruptos, claman por penas que sobrepasan las establecidas en los correspondientes códigos. Y al aplicar la Ley, parece que no cabe la misericordia, salvo aquélla prevista en el mismo ordenamiento jurídico, como ciertas medidas cautelares, consideraciones en razón de la edad o enfermedad terminal y posibilidades de indulto. Bueno sería que no concibiéramos únicamente la dimensión punitiva de la justicia y descubriéramos también su dimensión restaurativa. Si así lo hiciéramos, muchos jóvenes en Honduras estarían siendo rehabilitados y estarían visualizando en el horizonte la posibilidad concreta de su reinserción en la sociedad, la recuperación de su dignidad humana y la ocasión de resarcir, al menos en parte, el daño que han causado.

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