Diálogos "Fe y Razón" Punto de Vista

Rico en misericordia

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Rico en misericordia
Diac. Carlos Eduardo  
carloseduardiacono@gmail.com
A pocos días del inicio del Año Santo de la Misericordia, en el que tendremos todos la ocasión de ahondar en este misterio profundo de la naturaleza divina, es bueno recordar la carta encíclica “Dives in Misericordia” (Rico en Misericordia) de Su Santidad Juan Pablo II, con ocasión de cumplirse en este mes de noviembre los 25 años de su publicación.
Se presenta la misericordia como un rasgo propio de Dios, que no se queda en sí mismo, sino que está destinado al ser humano.  Por eso explica el Papa: “Cuanto más se centre en el hombre la misión desarrollada por la Iglesia; cuanto más sea, por decirlo así, antropocéntrica, tanto más debe corroborarse y realizarse teocéntricamente, esto es, orientarse al Padre en Cristo Jesús. Mientras las diversas corrientes del pasado y presente del pensamiento humano han sido y siguen siendo propensas a dividir e incluso contraponer el teocentrismo y el antropocentrismo, la Iglesia en cambio, siguiendo a Cristo, trata de unirlas en la historia del hombre de manera orgánica y profunda.”  (DM 1).
La palabra “misericordia” se escribe y pronuncia igual en castellano y en latín. Está compuesta de dos raíces: “miseria” y “cor, cordis” corazón. Se refiere pues a un corazón pendiente de la miseria humana, un corazón capaz de conmoverse por la intrínseca debilidad de la naturaleza humana. Por cierto, no se trata de un concepto exclusivamente cristiano, pues está en la literatura sagrada judía: “La misericordia del Señor abarca a todo el mundo” (Sir. 18,13), y especialmente en diversos salmos:“Tú Señor eres misericordioso y compasivo…” (Sal. 86, 15) “El Señor es misericordioso y compasivo, el Señor es paciente y todo amor…”
(Sal. 103, 8) “El Señor es clemente y misericordioso, lento a la cólera y rico en piedad” (Sal 145, 8). Con diversos matices, más de la mitad del salterio acaba reconociendo algún rasgo de la misericordia divina. También encontramos lo mismo en la literatura islámica. En efecto, en el Corán, casi todas las suras o versículos la incluyen a manera de nombre propio de Dios. La oración del creyente inicia invocándolo así: “En el nombre de Alláh, el Compasivo, el Misericordioso; alabado sea Alláh, Señor del universo; el Compasivo, el Misericordioso. (Qr. 1. 1-3).
La citada encíclica papal perspicazmente advierte un cierto rechazo de los hombres y mujeres de nuestra época a sentirse objetos de misericordia, como si esto fuese algo de lo que haya que avergonzarse. “La mentalidad contemporánea, quizás en mayor medida que la del hombre del pasado, parece oponerse al Dios de la misericordia y tiende además a orillar de la vida y arrancar del corazón humano la idea misma de la misericordia. La palabra y el concepto de“misericordia”  parecen producir una cierta desazón en el hombre, quien, gracias a los adelantos tan enormes de la ciencia y de la técnica, como nunca fueron conocidos antes en la historia, se ha hecho dueño y ha dominado la tierra mucho más que en el pasado. Tal dominio sobre la tierra, entendido tal vez unilateral y superficialmente, parece no dejar espacio a la misericordia” (DM 2).
Pero una cosa es que muchos no quieran misericordia y otra muy distinta es que no la necesiten. Estamos llenos de contradicciones, como ya lo había señalado el Concilio Vaticano II: “El mundo moderno aparece a la vez poderoso y débil, capaz de lo mejor y lo peor, pues tiene abierto el camino para optar por la libertad y la esclavitud, entre el progreso o el retroceso, entre la fraternidad o el odio. El hombre sabe muy bien que está en su mano el dirigir correctamente las fuerzas que él ha desencadenado, y que pueden aplastarle o salvarle”(GS, 9).

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