Punto de Vista Reflexión

La falsa justicia

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La falsa justicia
P. Juan Ángel López Padilla
Todavía me estoy preguntando por qué se me ocurrió hablar de esto, dado que la motivación me nace de una verdadera decepción, casi frustración. Siempre he creído, creo, que el pecado más grave al interior de la Iglesia, es la envidia. Por envidia he visto tantas famas destruidas, tantas vocaciones frustradas, tanto excelente agente de pastoral sensiblemente desorientado, cuando no acabado; por culpa de la maldita envidia.
He alcanzado a ver: obispos a quienes una calumnia ha llevado a perder el ímpetu, cuando no han sabido refugiarse en Dios. Lo que más he visto son sacerdotes a los que los envidiosos, a veces de sus mismos compañeros, han impedido se hiciera todo el bien que estaba, en el corazón de Dios. Todo por aquello de que “no puede haber ojos bonitos en cara ajena”. Duele ver grupos y miles de laicos que comentan cosas que ni siquiera son plausibles. Se hacen “leña” solamente porque sí. “Mi grupo es el mejor” y que los otros progresen, es una ofensa.
Los envidiosos son de lo peor que puede haber. Son creativos, por no llamarles claramente por lo que son: falsos y mentirosos. Los envidiosos son buenos para calcular, para saber esperar cuando deben decir las cosas y a quién decirlas. Aunque muchas veces, cuando aquello ya es enfermizo, no se miden para decir lo que dicen. Los envidiosos ven enemigos en todas partes y generalmente, son incapaces de buscar ayuda. Los envidiosos son personas autosuficientes y encuentran una justificación para todo lo que hacen.
Eso último es lo que me ha llevado hoy a tocar este tema. He visto tanta gente sufrir en la Iglesia por culpa de aquellos, o aquellas, que piensan que sus criterios son los únicos legítimos, que terminan volviéndose jueces de todo y de todos.
Esta semana, como si fuese ya una costumbre, ha estallado un nuevo “vatileaks” en Roma. Es sorprendente el daño que hacen a la Iglesia estos que con sus infidencias y hieren el corazón del Santo Padre y de la Madre Iglesia, en general.
Es lógico que en el desempeño de mis funciones pueda encontrar cosas incorrectas. Incluso, cuando la hay, corrupción. Negar que hay gente al interior de nuestros grupos, de nuestras diócesis, de nuestra Iglesia en general,con malas intenciones, es ingenuo. Negar que el “mysterium iniquitatis” (el mal) está presente, es una locura.
El problema es revisar qué hago con la información que manejo. El sensacionalismo de los medios de comunicación es increíblemente seductor. Ser transparente no significa gritar a los “cuatro vientos” las cosas que sé. De hecho, decir todo lo que uno sabe, es mucha veces muestra de que se tiene muy poca autoestima y me quiero reafirmar en lo que digo que sé.
Claro que es criminal callarse las cosas que sesabe están mal. Pero si no soy juez, tampoco debo ser justiciero.
Nos vamos acostumbrando a este jueguito de creer que los medios de comunicación, son tribunales. Lo más doloroso es que quién se presta para llevar la información es alguien que por dinero, o por fama, o por creerse mejor que los demás, sencillamente vende su lealtad. Si las cosas no salen como mi ambición lo vislumbraba, no tengo derecho a destruir a la Madre, que bien a cuidado de mí.

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