Homilia

Homilía del Domingo 1 de Noviembre de 2015

p3homiliaHomilía del Señor Arzobispo para la Fiesta de todos los Santos
“Al ver el gentío subió a  la montaña, se sentó y se acercaron sus discípulos y él se puso a hablar  enseñándoles” (Mt. 5, 1-12)
El  Evangelio de hoy comienza diciendo que Jesús “al ver el gentío subió a  la montaña, se sentó y se acercaron sus discípulos y él se puso a hablar  enseñándoles”. Ante  la presencia de las  multitudes  Jesús reacciona   subiendo  a la montaña.  La montaña  simboliza  el “lugar de Dios”. Jesús vive permanentemente anclado en ese “lugar de Dios”. Cuando Jesús sube a la montaña y se sienta hay un gentío en aquel entorno, pero sólo “los discípulos se acercan” a Él para escuchar mejor su mensaje. Nosotros, ¿qué escuchamos hoy al acercarnos a Jesús? ¿Quién escucha? Jesús comienza a desgranar las bienaventuranzas: “Dichosos”. La palabra griega “macarios”, que se traduce por dichosos, es una especie de felicitación: ¡qué suerte tenien! No comienza Jesús diciendo “tienes que”, sino diciendo “¡Dichosos!”, “¡qué suerte!”, “¡qué bien!”.
“Dichosos los pobres en el espíritu porque suyo es el Reino de los Cielos”. Los  pobres de espíritu (corazón) son  los que no se  apoyan  en  las falsas riquezas porque se han encontrado con la verdadera riqueza en su interior. Y son dichosos, felices, y tienen  suerte  porque tienen a Dios por Rey, porque encuentran en Dios su riqueza. Es una llamada a romper con  la  ambición de  tener  y a romper también con la ¡idolatría del dinero” que ha creado este capitalismo financiero que tanto sufrimiento está causando en nuestro mundo.
“Dichosos los sufridos porque heredarán la tierra”. “Dichosos los sufridos” porque han liberado su corazón del resentimiento y la agresividad. Dichosos los que están llenos de mansedumbre. No una mansedumbre dulzona y superficial sino una mansedumbre hecha de equilibrio, de calma y de amabilidad. Los que viven la mansedumbre son un regalo para este mundo lleno de violencia y agresividad. No es un buenista, no entra a competir con los otros. A éstos Jesús les  promete, no la  posesión de un terreno, sino  la tierra de  la plena libertad.
“Dichosos los que lloran porque ellos serán consolados”. Se  trata  del sufrimiento que es fruto de cualquier tipo de opresión y Jesús promete el consuelo porque Él trae la liberación definitiva a todo ser humano. Jesús mismo ha llorado públicamente. El llanto expresa la pasión por la vida. Con esos que lloran es posible crear un mundo mejor y más digno.  Dios  es el verdadero consuelo más allá de toda palabrería.
“Dichosos    los que  tienen  hambre y   sed de  justicia”. Quiere  decir que  todos aquellos para los que la justicia es  tan  necesaria  como la comida  y  la bebida,  Jesús les  promete que ese anhelo va a ser  saciado. Dichosos «los que tienen hambre y sed de justicia», los que no han perdido el deseo de ser más justos ni el afán de hacer un mundo más digno.
“Dichosos los misericordiosos”, es decir, los que ayudan a  los demás… La   misericordia  consiste  en  sintonizar de corazón  con  el  hermano  y  en actuar  en  consecuencia, curando sus heridas y devolviéndoles su dignidad. Eso es  ayudar a  los  demás. Dichosos «los misericordiosos» que actúan, trabajan y viven movidos por la compasión. Son los que, en la tierra, más se parecen al Padre del cielo.
“Dichosos  los  limpios  de corazón porque verán a  Dios”  se  refiere a aquellos íntegros, honrados, sinceros, es decir, que todo en ellos es transparencia  y sinceridad sin ambigüedades.  Es decir, limpios de corazón. A esos,  Jesús les promete que verán a Dios, quiere decir, que tendrán una profunda experiencia de Dios en sus vidas.
“Dichosos  los  que trabajan  por  la  paz”  Estos  se  llamarán  hijos  de Dios, es decir, se hacen  semejantes  a Dios, como  hijos porque hacen la misma   actividad que el Padre, se parecen al Padre que quiere la paz para todos sus hijos..
“Dichosos  los perseguidos  por causa  de la  justicia” La sociedad basada  en la  ambición de poder, de gloria y de riqueza, no tolera la justicia. Por eso,  la persecución, las dificultades que encuentran aquellos que son fieles al Evangelio, pero su recompensa será la experiencia de que Dios reina sobre ellos, de que Dios es su Rey.
Todo el Evangelio es un mensaje de felicidad y  alegría. Las Bienaventuranzas son los gritos de alegría de Jesús ante la sensación con la que Él vive la proximidad del Reino de Dios. Pero es Jesús es el que realmente encarna las Bienaventuranzas, Jesús es el pobre, el manso, el misericordioso, el que llora, el que trae la paz y el perseguido a causa de la justicia… Las Bienaventuranzas sólo se pueden comprender desde dentro, desde la llegada del Reino en la persona de Jesús.
Hoy, Fiesta de todos los santos,  recordamos a una multitud de santos y santas sin corona ni altar, gente corriente (como nosotros),  que han vivido de manera sencilla pero que han comunicado paz, que han sido auténticos, que han entregado su vida generosamente y que participan de una vida plena. Los santos nos demuestran que seguir a Jesús es posible. Estos hombres y mujeres tuvieron defectos, cometieron pecados, no eran perfectos. Si creemos que santo es aquel que hace lo que nadie es capaz de hacer, ya caemos en la trampa del ideal de  perfección griega, que durante siglos se nos ha vendido como cristiana. Los santos fueron “como nosotros”, pero creyeron en la alegría del Evangelio. Los santos son candidatos a la alegría. El que sigue a Jesús es aquél que no renuncia a la Alegría, incluso en los momentos difíciles. No una alegría barata como la que nos vende el mercado, sino la Alegría de Aquél que antes de partir nos dejó su Alegría (Jn 15, 11).
En la Fiesta de todos los Santos, en nuestro corazón,  podemos decir: Señor, haz crecer nuestro deseo de vivir el espíritu de las Bienaventuranzas: la alegría, la paz y la felicidad de encontrarnos contigo.

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