Caminar Punto de Vista

Qué dice Dios y qué dice la ley

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Qué dice Dios y qué dice la ley
Jóse Nelsón Durón V.
El pecado no es más que la ofensa del amoroso corazón de nuestro Señor; ofenderlo, no por decir palabras que le ofendan o le molesten. ¡No!. Él es tan misericordioso que hasta eso nos puede perdonar. El único pecado que no es perdonado son las ofensas contra el Espíritu Santo, que necesita de una reflexión especial por parte de los enterados.
En 1905 el Papa San Pío X ordenó publicar un sencillo Catecismo de la Doctrina Cristiana y de sus partes principales. En este Catecismo se establece que los pecados contra el espíritu santo, para los cuales no hay perdón,son seis y se cometen por pura malicia; no por debilidad, irreflexión o defensa propia. Entra en juego la voluntad personal. No es lo mismo matar por defenderse, que planificar un asesinato y cometerlo (aunque ninguno está permitido, por supuesto). Estos son:
1° Desesperanza de la salvación,
2° Presunción de la salvación sin merecimiento,
3° Negar la verdad conocida como tal,
4° La envidia de la gracia fraterna,
5° La obstinación en el pecado,
6° La impenitencia final.
El pecado es trastornar la armonía del mundo, del país, la familia, la amistad y el hogar, que el santísimo Dios quiere en Su Reino. “¡Ay del mundo por los escándalos!”, dice el Señor. Actores, directos o no, de trastrocamientos de la Ley del amor, la justicia, la distribución equitativa de los bienes que Él nos da y las normas de convivencia que las sociedades han ido construyendo a lo largo de su historia, debemos ser, de todos modos, cuidadosos y más bien ensimismarnos en el gozo agradecido por los propios dones recibidos y, en muestra de amor solidario, los de los hermanos. Esa es la paz. La paciencia, la ciencia de la paz, como afirma el padre Ignacio Larrañaga, que ya goza de Dios, fundador de los Talleres de Oración y Vida.
Es tan peligroso salir para agredir, incluso con algo tan nimio como el juicio. “No juzguen si no quieren ser juzgados”, nos dice el Señor Jesús. Sin ánimo de defenderlos, ni ofender a nadie, el país se ha convertido en un gran jurado en el caso de la familia Rosenthal y los comentarios son tan variopintos (y algunos hasta irritados) que si fuera prerrogativa nuestra juzgar, no habría condena por la confusión del Jurado.
Sucede que cada quien desea hacer con la ley lo que le venga en gana o en defensa de sus intereses o ideas. Por ello es que se han dado frases tan divertidas como: el que hace la ley, hace la trampa; la ley se ha hecho para violarla y así sucesivamente.
La verdad, deberíamos imitar, una de las pocas cosas a emular, el respeto en los países desarrollados por la preeminencia de la ley, pues la ley, además de contener ordenanzas, normas y preceptos orientados al bien común, la vigilancia del orden, la convivencia y la solidaridad entre todos, busca la distribución igual de la justicia, de la paz y del derecho.
En el caso que nos ocupa, ya la justicia de uno de los países donde se respeta en grado sumo la ley, decidirá si los compatriotas acusados incurrieron o no en faltas que merecen algún tipo de sanción.
No es nuestra misión defenderlos entre nosotros y mucho menos acusarlos. Al final, es la justicia divina que prevalece. Yo soy aficionado al Maratón, pero aguardo serenamente que su presidente sea juzgado por quien corresponde.
En la Primera Lectura de este domingo, trigésimo del Tiempo Ordinario, Ciclo B, el profeta Jeremías nos dice cómo Dios reúne a su pueblo desde los confines más lejanos de la tierra; incluso reúne a las personas cuya fe es débil y vacilante,porque él es un Dios y Padre salvador.
La Segunda Lectura, tomada de la carta a los hebreos, afirma: “Jesús se ofreció a sí mismo por nuestros pecados”. Cuando nos reunimos en la Iglesia para adorar a nuestro Señor en la Santa Eucaristía, es el momento en que Él nos reúne para dársenos, para comunicarnos que la serenidad que mora en nuestras almas es producto de Su justicia, de Su santa providencia y de Su magnífica misericordia.
Por ello, como el terquito ciego que no para de implorar al Señor compasión para aliviar el dolor que opaca su existencia y le repite: “¡Señor, que vea!”, seamos la imagen que debe ser todo cristianoy aprender a ver con ojos de fe para seguir al Señor Jesús, que es Camino, Verdad y Vida. Amén.

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