Buenas Nuevas

“Rescate por todos”

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Al encuentro de  la palabra… según San Marcos para la Lectio Divina
“Rescate por todos”
(Mc 10,35-45 – XXIX Domingo del Tiempo Ordinario)

P. Tony Salinas Avery
asalinasavery@gmail.com
En el relato maravilloso de este domingo, queridos lectores, nos encontramos con el triunfo de la ley de la donación alegre, versus la ambición humana del poder arbitrario. El camino de Jesús está hecho de servicio y sacrificio, igual se señala para quienes quieran seguirle y continuar su tarea de salvación. En el texto, los protagonistas son los impetuosos hijos de Zebedeo, Santiago y Juan. Su petición está llena de sueños mesiánicos populares y de esperas del fin del mundo: lo contemplan a su Señor, sentado en el centro de su trono real, juzgando la humanidad; ellos se miran encontrarse en ese día a su lado, a su derecha y a su izquierda, en posición de prestigio, como ministros de algo rango, gloriosamente bien vestidos, compartiendo de su poder. La respuesta de Jesús se desarrolla en dos fases. La primera está dirigida precisamente a Santiago y Juan y gira alrededor de dos símbolos, el cáliz y el bautismo.
El cáliz en la Biblia es signo del juicio de Dios: “En la mano del Señor hay un cáliz lleno de vino drogado. Se lo hace beber hasta la última gota a todos los malvados de la tierra” (Sal 75,9). Es, pues un símbolo de un destino, pero que también puede ser positivo, cuando se habla del “cáliz de la salvación” (Sal 116,13). Con esta imagen, entonces, Jesús alude a su muerte que es juicio y salvación; Él, en ese instante, asumirá sobre sí el juicio divino sobre el mal del mundo, pero el contenido de ese cáliz se transformará luminosamente en el vino generoso del banquete mesiánico de salvación.
El Bautismo, en el significado original del término, significa “inmersión” y en el Antiguo Testamento está representado precisamente como un hundimiento en el abismo de las aguas: “Sálvame, oh Dios, el agua me llega a la garganta. Me hundo en el fango y no tengo apoyo; he caído en aguas profundas y el remolino me revuelve” (Sal 69,2-3).
De la enseñanza para Santiago y Juan, se pasa a la enseñanza para todos los discípulos, donde se les afirma a todos con la autoridad del Maestro, que los primeros son los servidores de los demás, donando sus vidas hasta el sacrificio, evadiendo radicalmente toda forma de posesión, dominio, orgullo y autosuficiencia. Como se los manifestará en el acto de lavar los pies de ellos en al Última Cena, gesto que en el Antiguo Oriente no podía ser impuesto ni siquiera al esclavo: “Ustedes me llaman Maestro y Señor y dicen bien, pues lo soy. Si, yo, el Señor y el Maestro, les he lavado los pies, también ustedes deben lavarse los pies unos a otros. En efecto, les he dado el ejemplo, para que cómo lo he hecho yo, así también los hagan ustedes” (Jn 13,13-15).
Cada vez que la comunidad cristiana se deja tentar por la fuerza, por la fascinación del poder, por el triunfo de la estructura es como si se convirtiera en pagana, colocándose en la lista de los “dominadores de este mundo que no conocen la sabiduría divina (1Co 2,8).  Cristo, en cambio, está entre los hombres como un siervo, dispuesto a cumplir ese gesto que encierra la más expresiva y concreta manera de ser el más importante en la comunidad, sirviendo y dando la vida por esos a quienes Jesús amó y entregó su vida. En conclusión, cada vez que el discípulo se pone de parte de la opresión y del poder es como si traicionara a su maestro, vendiéndolo a quien mata y humilla.

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