Punto de Vista Reflexión

El tiempo de Dios

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Reflexión
El tiempo de Dios
P. Juan Ángel López Padilla
De regreso en la Ciudad Eterna, y en medio de mil y una cosa por lo de la tesis, soy partícipe indirecto del ambiente del Sínodo de la Familia.
No es que se haya paralizado la vida de la ciudad, ni la vida de la Iglesia. De hecho en el mundo entero las cosas continúan un tanto ajenas a lo que aquí se está gestando. Sólo levantan la cabeza o “pelan” los oídos, cuando de un “escándalo” se trata.
De hecho, creo que debe ser así, no ha habido un Sínodo tan cargado de controversia desde mucho antes que se desarrollara el mismo.
Quizás, con esto, se comprende aquello que me decía un sabio obispo: “En las reuniones de la Iglesia, hay un tiempo del hombre, un tiempo del demonio y al final, siempre, el tiempo de Dios”
El tiempo de los hombres, es el tiempo de mis capacidades, de mis  habilidades, de lo que yo “sé” o “puedo”. Generalmente es la hora de los expertos, de los títulos, del poder. Lamentablemente, en algunas ocasiones también ha sido la hora del tener, del dinero, de lo que influye mi prestación económica.
No es la mejor hora para nadie. Siempre que los hombres nos apoyamos en nuestras solas fuerzas, fracasamos. No es extraño por eso, ver tanta frustración en lo meramente humano, tanta depresión, tanta frustración. Todo lo que se apoya en los medios, sin referencia a Dios, termina perdiendo su valor y consecuentemente, se pierde la misma persona. Tantos ejemplos en nuestro entorno, por demás dolorosísimos de aquellos que envilecidos por el afán de tener o de poder, lo han perdido todo. Bien decía san Pablo que la única deuda que debemos tener es la de la caridad. Si nuestras cuentas se hacen bailando con el diablo, es lógico que salgamos quemados.
Y hablando, no por quererlo, de ese mencionado antes, la hora del demonio está siempre presente también a la hora de las decisiones humanas o de los encuentros. Tampoco es extraño que se haga presente en situaciones tan particulares como el Sínodo. Porque al fin y al cabo el gran problema está en que no le gusta ver a los hermanos en paz. Es satánico lo que ha pasado con ese fulano que antes de comenzar las sesiones sinodales presentó sin ningún respeto a su “novio”. No soy quien para condenarlo por sus inclinaciones particulares, pero ¿Dónde queda su amor a la Iglesia? ¿No pudo avisar de sus cosas en otro momento? ¿Por qué justo ahora? Y si nos vamos a lo no menos satánico de las infidencias de cartas escritas o no por estos o aquellos purpurados. ¿Qué necesidad tienen de hacer pública una carta que dicen que fue enviada en privado? Y además, aunque tienen todo el derecho del mundo a disentir, para eso es un Sínodo, para que discutamos; pero no para que nos enfrentemos y perdamos las formas.
Pero, al final de todo, como sin duda será en esta ocasión y lo será siempre: llega la hora de Dios. Cuidado confundirla con un remanso de paz. Al contrario, la hora de Dios es la hora de la serena aceptación de su voluntad que nos pone en actitud de salida, de compromiso renovado, de servicio. Porque esa, es nuestra vocación. La familia cambia el mundo, no al revés.

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