Homilia

Homilía del Domingo 8 de Febrero de 2015

homiliaHomilía del Señor Arzobispo para el V Domingo del Tiempo Ordinario
“Se acercó, la cogió de la mano y la levantó” (Mc 1,29-39)
Este es el gesto de Jesús: la suegra de Simón está aquejada por la fiebre y no puede acercarse a Jesús. Ante esta imposibilidad Jesús se acerca mostrándole su amor y su deseo de poner fin a esta situación negativa. Jesús se acerca a todos, cualquiera que sea nuestra situación.
Dice el texto que “estaba postrada en cama con fiebre”. La situación de esta mujer se describe con dos rasgos: en primer lugar, por su estado, la postración, (yacía en cama); y en segundo lugar, por la causa que la provoca (la fiebre).
Sí, pero ¿no podría ser que lo que se llama “fiebre” fuera algo desproporcionado que la incapacitaba para vivir y para amar? En esa “fiebre”, ¿no están representadas  nuestras dificultades personales que nos impiden amar de verdad? Ciertamente, sólo podemos ser curados de nuestra “fiebre”cuando una mano amiga se posa sobre nosotros, nos toca y nuestra fiebre se calma. Esa mano amiga ¿no es la Presencia del Señor en nuestra vida? Tal vez podríamos preguntarnos ¿cuál es nuestra “fiebre hoy”?.
Ciertamente, sólo en la proximidad de Jesús cuando nos dejamos “tocar” por Él alcanzamos la certeza de que nuestra vida es valiosa. Cerca de Jesús hacemos la experiencia profunda de que somos amados. Algo maravilloso tuvo que pasar en aquella mujer que “se levantó y lo servía”. El verbo “levantarse” en griego, egeirô,  es el mismo que utiliza el evangelio de Marcos para hablar de la resurrección de Jesús; es decir, para pasar de la muerte a la vida.
“Le hablaron de ella y  que El se acercó, la cogió de la mano y la levantó”. Basta la información para que Jesús actúe. Se trata de liberar una opresión, es decir, una dificultad personal que le impedía vivir plenamente. “Se acerco, la cogió de la mano y la levanto”. Los gestos realizados por Jesús se caracterizan por la cercanía y el tomarla de la mano. Ciertamente las manos son de gran importancia en el gesto humano. Pueden acariciar o herir, pueden acoger o rechazar. Sería bueno que hoy pudiéramos fijarnos en “las manos de Jesús” que expresan su actividad liberadora y que nos transmiten vida.
Sí, Jesús es esa mano tendida que cura nuestra “fiebre”. Jesús es esa mano tendida a todo ser humano que sufre.
El gesto de Jesús resulta sorprendente, la mujer está postrada y Jesús la levanta; es decir, la despierta a la vida. Pero también es significativa la reacción de esta mujer, la suegra de Simón: “se le paso la fiebre y se puso a servirle”. Recordemos que en el Evangelio el servicio es una actitud fundamental.
Termina el texto diciendo que “al anochecer, cuando se puso el sol, le llevaron  todos los enfermos y poseídos”. Según el calendario judío con la puesta de sol terminaba el sábado y daba comienzo el nuevo día; cesaba así la obligación del descanso festivo que prohibía curar enfermos…  La gente de Cafarnaúm pone su confianza en Jesús. Por eso, llevan a Jesús dos clases de gente: “los enfermos y los poseídos”. Además, se subraya,  que “la ciudad entera se agolpaba a la puerta…”
La ciudad entera significa la masa del pueblo. Su interés por Jesús es extraordinario: no sólo acude sino que se mantiene agolpada a la puerta, lo más cerca posible de Jesús, mostrando con ello su adhesión y su confianza en El. Jesús ha despertado en ellos una gran esperanza y su popularidad ha llegado al colmo…
“Curó a muchos enfermos y expulsó a muchos demonios”. El viene a curar todas nuestras dolencias y a liberarnos de todas nuestras tiranías. Hoy somos llamados a escuchar esta historia que ilumina las oscuridades y postraciones de los hombres y mujeres de nuestro tiempo. Vivimos en una sociedad, que como la suegra de Simón, está “postrada…”. Una humanidad que se siente también,  enferma, empobrecida y hambrienta.
¿Podemos acercarnos hoy también nosotros a Jesús como la gente de Cafarnaún con la confianza puesta en El?  Él se acerca a cada uno de nosotros, nos toma de la mano y nos levanta. Nuestra fiebre (todo aquello que nos impide vivir hoy), puede desaparecer en el contacto con El. Jesús es una mano tendida que nos agarra para sacarnos de nuestra postración, para calmar nuestras fiebres, para conducirnos hacia el servicio de los hermanos. Una humanidad con “fiebre” de ideologías, de violencia y de sinsentido.
Aquella jornada que Jesús paso en contacto con tantas gentes, fue una jornada dura, una jornada intensa y sin embargo Jesús no se estresa, no sufre una crisis de ansiedad, ni se agobia ¿cuál es su secreto? Su relación profunda con el Padre. Por eso al final de la jornada, después de estar con aquella multitud de gente, Jesús sentía la necesidad de estar solo ante el misterio de su relación con el Padre:
“Se levantó de madrugada, se marchó al descampado, y allí se puso a  orar”. Jesús necesitaba ir a la fuente del amor para entrar en relación con Aquel a quien Él invocaba como su “Abba”… Jesús busca su experiencia profunda de encuentro con Dios. Para amar de verdad necesitamos encontrarnos con Dios y entrar en una relación de amor y de comunión con Él.
Que hoy podamos decirle: Tú, Señor, te acercas hasta  nosotros como a la suegra de Simón y a todos aquellos enfermos que curaste a la puerta. Concédenos percibir la dulce proximidad de tu Presencia. Que nos sintamos tomados de tu mano y seamos iluminados por la fuerza de tu amor.

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