Punto de Vista Reflexión

La otra Navidad

P. Juan Ángel López Padilla
Finalmente en mi casa, es decir en mi familia, hemos llegado a la modernidad, hemos sucumbido a la presión del paso de los años, al inexorable avance de una sociedad en la que cuentan más las comodidades o mejor, los acomodamientos.
Cierto es que el fenómeno tiene su segunda versión este año; pero, me resisto a caer en él, sin presentar batalla.
Tal vez mi reclamo, en estas líneas, se quede en el olvido, en un pataleo sin razón, enredado en una pléyade de razones, condicionamientos o sencillamente un “siga la corriente” o “se lo llevará Judas”.
Cierto es que han dejado una pequeña ventana abierta, desde que han excluido a mis sobrinos de semejante atrocidad al espíritu original de la Navidad. Pero aún así, todavía estamos lejos de ello.
El asunto es que es complicado nadar contra corriente. Basta con recorrer un poco los centros comerciales. Disculpen. Los “Malles”. Ahí la navidad es bien distinta de lo acaecido en Judea hace 21 siglos.
Tuve la osadía de aventurarme por algunos de esos lugares, no el día del Black Friday, sino en días posteriores. Pero,  disculpen mi ignorancia, no sé que tiene que ver con una Honduras en la que el jolote se le come en Navidad y no por un día en que unos puritanos huyendo de la persecución religiosa llegaron a una tierra nueva para volverla más fanática y persecutoria que aquella de la que provenían. Gracias a Dios, por aquello de la Acción de Gracias, en ese mismo país, la tolerancia,  con sus bemoles históricos, ha sabido dar pasos agigantados.
Me encontré que en alguno de esos centros comerciales el árbol de navidad parecía una producción de Walt Disney, otro una publicidad de un banco, etc. Y todavía, sigo buscando el pesebre.
Cada año Santa Claus le está ganando terreno al Niño Jesús. En lo publicitario, claro. En lo otro, en lo importante, en lo histórico. Estamos muy lejos.
No sé si esta navidad será mejor que otras porque tendré más regalos, pero creo que tengo que seguir insistiendo en no caer en el juego ese de pedir “3 deseos”. Desde que lo escuché en el comedor de la casa de mis padres, el domingo pasado, pensé que estaba en una versión moderna de Aladino. Y ahí no había lámpara que frotar. Tal vez, es que hay que frotar billeteras.
Sigo presentando resistencia y sé que en mi familia, y sobre todo para el que le toca darme, esto debe ser un dolor de cabeza. Pero no, no quiero tener que decir lo que “quiero”. ¿No es eso una ofensa al otro? Siento que nos conocemos poco, y eso ya es un pecado. Si nos queremos, como yo les quiero, no puede ser que me entreguen una lista de posibilidades para darles un regalo. Si no conozco los gustos, preferencias y necesidades de los que amo, algo ciertamente está muy mal. Lo reconozco, no estoy siendo buen hermano, ni buen hijo, ni buen cuñado.
En resumen, esto del “cuchumbo”, me resulta un poco fuera de tono. No creo que a los Reyes Magos les pusieron límite para los regalos y no creo que a los pastores se les valoró menos porque llevaron requesón. En fin, Navidad es otra cosa…

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