Arquidiócesis Homilia

Homilía del 7 de Diciembre de 2014

Homilía del Señor Arzobispo para el II domingo de Adviento

“Allanad los senderos del Señor”

Seguimos nuestra marcha hacia la Navidad. Las lecturas bíblicas nos guían para ir adquiriendo las actitudes espirituales necesarias para poder acoger la Venida del Señor.

El domingo pasado la consigna era “velad”: se nos invitaba a la vigilancia, tanto para preparar la Navidad de este año como, sobre todo, a la última venida, gloriosa, de Cristo, al final de los tiempos, porque el Adviento es una actitud que dura hasta el final de la historia.

Este domingo, en que también seguimos hasta el día 16 de diciembre con la mirada puesta en la venida escatológica del Señor, la consigna que más escuchamos es “preparad el camino al Señor”. Y se nos dice que preparar el camino supone rellenar, rebajar y enderezar.

Esta semana aparecen en nuestra celebración los personajes más clásicos del Adviento:

a) El profeta Isaías, del Antiguo Testamento, que hoy nos hace oír palabras que son a la vez de esperanza y de exigencia.

b) El precursor, Juan Bautista, que ya anuncia la llegada del Salvador del mundo.

c) Y la Virgen Madre, María, cuya Inmaculada Concepción, la Purísima, celebramos mañana, pues ella experimentó el “Sí” absoluto de Dios, al que respondió con su “Sí” personal, en representación de toda la humanidad.

Escuchamos un “poema de consolación”: una hermosa página en la que el profeta, de parte de Dios, consuela a su pueblo, que está sufriendo la gran catástrofe del destierro en tierra extranjera, y le asegura que Dios ha perdonado sus pecados y está preparando ya la vuelta de todos a la patria. “Mirad, Dios, el Señor, llega con fuerza”, como un pastor que reúne a sus ovejas.

Pero, a la vez, les estimula a que “preparen el camino” al Señor: “que los valles se levanten, los montes se abajen, lo torcido se enderece y lo escabroso se iguale”. Un camino por el desierto y por parajes medio salvajes requiere mucho trabajo de infraestructura, que los israelitas deberán entender, naturalmente, en su sentido espiritual de conversión seria a los caminos del Señor.

El Salmo nos hace pedir a Dios que nos muestre su misericordia y nos dé su salvación. El salmista también se contagia de la alegría confiada del profeta: “Dios anuncia la paz a su pueblo… la salvación está ya cerca de sus fieles”. Este salmo 84 lo podemos hacer nuestro y rezarlo despacio en este tiempo de Adviento, asimilando sus sentimientos.

En la segunda lectura apreciamos que si los lectores de esta carta creían inminente la vuelta del Señor, su autor se encarga de asegurarles que el calendario de Dios es diferente del nuestro: “el Señor no tarda en cumplir sus promesas, como creen algunos”. Para Dios, “mil años son como un día”.

Eso sí, ese día vendrá “como un ladrón”: nadie sabe cuándo. Los signos del final de que habla la carta -el cielo desaparecerá con estrépito, los elementos se desintegrarán abrasados, los cielos serán consumidos por el fuego y los elementos se derretirán- no hay que tomarlos, evidentemente, como datos científicos del proceso final, aunque algunos parezcan coincidir con algunos presagios alarmantes de los científicos de ahora.

Lo principal es que, sea cuando sea esta venida del Señor, tenemos que estar preparados: “procurad que Dios os encuentre en paz con él, inmaculados e irreprochables”.

Leemos hoy el inicio del evangelio de Marcos. Dios mismo preparó los caminos al Mesías suscitando a Juan el Bautista para que predicara el bautismo de conversión y anunciara la llegada del Salvador.

Juan es una figura drástica, exigente, cuyo mensaje de conversión que no debió de resultar popular en su tiempo y que tampoco lo es ahora. Pero fue fiel a la misión que se le había encomendado. No se dedicó a tranquilizar, sino a provocar y urgir a la conversión. Y fue honesto: no se presentó él mismo como el Salvador, sino como su precursor: “yo os he bautizado con agua, pero él os bautizará con Espíritu Santo”.

El mensaje que escuchamos hoy nos ayuda a preparar con gozo la celebración de una Buena Noticia, la Navidad.

Sumergidos en una historia que no abunda en noticias consoladoras, hoy escuchamos un pregón de esperanza. También los cristianos de hoy necesitamos que nos digamos palabras de ánimo: “Consolad, consolad a mi pueblo, dice el Señor”. Son palabras que nos ayudan a superar miedos y nos estimulan a cumplir nuestra misión en medio del mundo: “no temas, alza la voz y di a todos: aquí está vuestro Dios”.

Este año, de nuevo, Dios quiere venir a nuestras vidas. Vale la pena que nos dejemos convencer por estas palabras de esperanza y alegría. Nosotros, con más motivos que los creyentes del AT, creemos en la cercanía de Dios, porque nos la ha mostrado en Cristo Jesús. Podemos seguir escuchando la voz de los profetas: esperamos lo mismo que ellos, pero con más sentido. La venida de Cristo en Belén, hace dos mil años, fue sólo la inauguración de un proceso que todavía no ha terminado. Será “Adviento” hasta el final de los tiempos.

Si creemos de veras esta Buena Noticia, es lógico que nos convirtamos en pregoneros de la misma. O sea, si hemos sido “evangelizados”, debemos ser por nuestra parte “evangelizadores”: personas llenas de la Buena Noticia, que la comunican a los demás.

El mundo de hoy necesita personas que como Isaías o el Bautista hagan oír su voz y su testimonio personal de los valores de Dios, aunque parezca que predican en el desierto. El mundo necesita cristianos “misioneros” que en su propio ambiente, con humildad pero con decisión, den testimonio de la salvación de Dios.

A la vez que unas palabras gozosas, escuchamos hoy otras exigentes: “consolad a mi pueblo… preparad el camino”. La espera del Señor no es una espera pasiva. Tenemos que preparar su venida.

No hace falta que seamos ingenieros de caminos para entender lo que pide la construcción de una autopista: una seria labor de infraestructuras, puentes, túneles, desvíos, desmontes. Las imágenes que emplea Isaías, y que repite el Bautista, las podemos entender muy bien aplicadas a nuestra situación espiritual y humana: los “valles” de las lagunas y vacíos que hay en nuestra vida hay que rellenarlos, los “montes” de nuestra autosuficiencia o nuestro orgullo hay que rebajarlos, “lo torcido” de nuestras trampas y ambigüedades hay que enderezarlo, lo “escabroso” de nuestros pecados e idolatrías hay que allanarlo.

La venida del Señor a nuestra vida pide de nosotros una actitud de fe y atención: “procurad que Dios os encuentre en paz con él, inmaculados, irreprochables”. Esto no sólo vale si pensamos en el momento de nuestra muerte, sino también en nuestra actitud ante los continuos signos de la presencia de Dios en nuestra vida. En concreto, también, ante la gracia de la próxima Navidad.

Se tendría que notar en este Adviento que en verdad, tanto la comunidad como cada cristiano, cambiamos algo, que preparamos el camino, enderezamos, corregimos. El Adviento nos invita a no perder la esperanza, a seguir trabajando para que sean una realidad ese “cielo nuevo y tierra nueva, en que habite la justicia”, de que habla Pedro. El mundo mejorará si mejora nuestro entorno más cercano: si nosotros ponemos a nuestro alrededor más cariño, más solidaridad, más optimismo.

Para esta tarea tenemos el “viático” que nos dejó Cristo en el admirable sacramento de la Eucaristía: su Palabra y su Cuerpo y Sangre, como luz y alimento para el camino.

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