Buenas Nuevas Punto de Vista

“¡Yo sé que mi Redentor vive…!”

Padre-Tony--Salinas

P. Tony Salinas Avery
asalinasavery@gmail.com

Al encuentro de la palabra… según san Mateo para  la Lectio Divina
“¡Yo sé que mi Redentor vive…!”
(Job 19,1.23-27 – Conmemoración de los Fieles Difuntos).
El 2 de noviembre de cada año la liturgia de la Palabra puede tener varias opciones para el celebrante y así anunciar el mensaje de la vida, para quienes ya duermen el sueño de la fe, hasta el día glorioso de la resurrección. Es por eso que en vez de comentar el santo Evangelio, me permito tomar el texto hermoso de Job. No debemos olvidar que “en los ritos fúnebres para sus hijos la Iglesia celebra con fe el Misterio Pascual en la confianza de que aquellos, que se convirtieron por el bautismo, en miembros de Cristo muerto y resucitado a través de la muerte pasen con Él a la vida”. Así que la muerte, no es el destino trágico para quienes ya murieron, sino la puerta que conduce a la verdadera vida.
El texto de Job, sale de la experiencia personal de quien se siente hundido en la más profunda oscuridad, similar a la misma muerte, y en medio de este dolor inocente, Job experimenta en su “agonía” un destello de luz y esperanza. El “redentor” (en hebreo go’el) es Dios mismo, el “redentor” de Israel de la esclavitud de Egipto, es aquel que, en la tribu, debe salvar de la esclavitud y de la miseria al pariente próximo: pero ahora este “defensor-redentor” divino intervendrá para liberar al hombre humillado. Él es el “último-definitivo” que vendrá después de todos los otros falsos defensores humanos que en realidad revelan su impotencia ante el gran enemigo que es la muerte. Job representa a esa humanidad hundida y reducida al más profundo dolor, que en encarna en la propia piel y los propios huesos, cercanos ya a la partida inminente que lleva al polvo de la tumba, donde todo es vacío, oscuridad y soledad.
Y es precisamente allí donde brilla la luz de la Palabra de Dios, dirigida a Job y toda la humanidad en su persona, que le hace exclamar: ¡Yo sé que mi Redentor vive y que, al final, se levantará del polvo! Este es el centro del relato de hoy, pues el anuncio de la muerte de Cristo que lo llevará a la definitiva vida, ya que el amor que Dios tiene por nosotros se revela en esta muerte gloriosa, en este sacrificio que no es hecho por personas merecedoras y justas sino por pecadores y rebeldes. A través de esa sangre derramada por amor para nuestra salvación, se abre nuestra justificación.
El destino glorioso de Cristo hombre y Dios es el mismo destino del fiel “conformado” a Él en la fe y en el Bautismo. Entonces, la muerte no tiene la última palabra, que como bien dice la canción del padre Gabaraín: “Tú nos dijiste que la muerte no es el final del camino, que aunque morimos no somos, carne de un ciego destino”.
A través del amor de Cristo y con nuestro amor, nosotros entramos en la gloria; el paso de Cristo, Hijo de Dios, en nuestra mortalidad de hijos del hombre ligados al límite y al tiempo, transforma nuestra condición de criaturas empapadas de eternidad. Bien nos lo dijo san Pablo: “Si vivimos, vivimos para el Señor; si morimos, morimos para el Señor; en la vida y en la muerte somos del Señor. Para esto murió y resucitó Cristo: para ser Señor de vivos y muertos” (Rm 14,7-9).

Deja un comentario

A %d blogueros les gusta esto: