Homilia

Homilía 2 de Noviembre de 2014

Homilia

Homilía del Señor Arzobispo en la Conmemoración de todos los Fieles Difuntos
“No perdáis la calma, creed en Dios, creed también en mi” (Jn, 14, 1-12)
Estas son las palabras de Jesús en su despedida cuando tiene conciencia plena de que su vida llega al final. Jesús invita a sus discípulos y a todos nosotros, a mantener la calma en los momentos límites. La muerte humana es un momento doloroso en que experimentamos la fragilidad de nuestra vida humana.
Hoy, el  recuerdo de los difuntos nos invita a pensar en la muerte que todos experimentaremos tarde o temprano. Nada hay en este mundo tan presente como la muerte. Está tan presente como la vida. Nacer es estar destinado a la muerte, como dice algún filósofo existencialista. En nuestra cultura  actual no sabemos qué hacer con la muerte. Lo único que se nos ocurre es ignorarla y no hablar mucho de ella. Parece que lo mejor es no decir nada. No es tema de conversación; está mal visto hablar de la muerte. A veces, se hacen bromas como la fiesta de Halloween, tan de moda, es un modo de tomar a broma un asunto tan serio. Pero, tarde o temprano, la muerte va visitando nuestros hogares arrancándonos a nuestros seres más queridos.  ¿Cómo reaccionar entonces ante esa muerte que nos arrebata a las personas más queridas?  Mientras la muerte ocurre lejos parece que no nos afecta. Pero, ¿Qué pasa cuando la sentimos cerca y cuando afecta a personas que amamos?
Muchos visitarán este día nuestros cementerios. Encontrarán lo único que perdura: sus nombres, pero el creyente sabe que Alguien más que los amigos recuerda sus nombres. Dios tiene a cada ser humano en su memoria. Eso es muy importante porque en la memoria sólo están los muy amigos. Al acordarse de nuestro nombre, Dios nos hace partícipes de su eternidad. Si Dios existe y es amor y el amor es fuente de vida, entonces no sólo sobreviven nuestros nombres sino que sobrevivimos nosotros.
La muerte es para nosotros la puerta que nos abre a la vida definitiva. Es el momento en que nos sumergimos en el Océano del amor infinito de Dios. Podemos pensar que en la muerte logramos una plenitud de vida y una alegría. En el Evangelio de Juan Jesús lo expresa así: “Volveré a veros y se alegrará vuestro corazón y nadie os quitará vuestra alegría”. (Jn. 16,22).
“No perdáis la calma, creed en Dios, creed también en mi” (Jn, 14, 1-12). Es reconfortante escuchar estas palabras de Jesús en la última cena, en el momento de su despedida: Los discípulos se  sentían  inquietos, intranquilos. Esta intranquilidad era  debido al anuncio que Jesús les había  hecho de su muerte… Los discípulos estaban  nerviosos y no sabían cómo iba a acabar todo aquello. Entonces,  Jesús,  comienza con una invitación a la serenidad y a la confianza. “No perdáis la calma…”. “Que no tiemble vuestro corazón”. El fundamento de esta calma, de esta confianza, está en el Padre: “En la casa de mi Padre hay muchas estancias y me voy a prepararos el sitio”.Entonces, ¿qué se puede temer?. Así, anclados en la confianza en el Padre,  es posible mantener la calma. Sí, cuando nos hacemos conscientes de nuestra condición de hijos/as, es posible vivir en la confianza y encontrar así la paz  que todos necesitamos para vivir.
Y Tomás, que está más desconcertado que ninguno, pregunta a Jesús: “Señor, no sabemos a dónde vas, ¿cómo podremos saber el camino?”. Tenía razón Tomás cuando decía: “No sabemos el camino”. Tampoco nosotros, a veces, sabemos el camino. Estamos también bastante desorientados, ante  esta sociedad que no da respuesta a las preguntas radicales que el ser humano lleva en el corazón. El ser humano necesita de un amor incondicional, de un amor sin límites. Necesita esa certeza que le hace decir: “Ni muerte, ni vida, ni presente, ni futuro, ni potencias, ni altura, ni criatura alguna podrá separarnos del amor de Dios, manifestado en Cristo Jesús, Señor nuestro”. (Rom. 38,39). Si existe este amor absoluto, pase lo que pase, incluso la muerte,  estamos salvados.
Jesús responde a Tomás: “Yo soy el Camino, y la Verdad y la Vida “. Jesús está diciendo a sus discípulos y a todos nosotros, que la única seguridad, la única luz para avanzar, está en fiarnos de Él, en seguirle a Él, en vivir como Él vivió. Sí, en Jesús Resucitado, encontramos todas las orientaciones que necesitamos  para vivir y morir con sentido.  Los cristianos creemos que el anhelo de vida que todo ser humano  lleva dentro ha sido  escuchado por Dios: Jesús, muerto y Resucitado, es signo y garantía de que Dios ha recogido nuestro grito y nos llama a  una plenitud de vida.
Realmente podemos decir que: “Dios está siempre con nosotros. Incluso en las noches oscuras de nuestra vida, no nos abandona. Y también  en la última noche, en la última soledad en la que nadie puede acompañarnos, en la noche de la muerte. La bondad de Dios siempre está con nosotros”.
Hoy es un día de recuerdos, recordamos a los que han pasado al otro lado de Dios y aunque su desaparición física nos hace sufrir, mediante la oración y la Eucaristía experimentamos una comunión más íntima con ellos. A ellos los encontramos en nuestro corazón, ahí donde percibimos el misterio de la presencia de Dios.
En este día, volviéndonos interiormente  a Jesús Resucitado,  podemos decirle: Señor,  que descansen en tu paz todos los que hemos amado y todos los que ya participan de tu Pascua. Concédenos esa confianza que nos hace afrontar la muerte con un talante sereno y una gran esperanza.

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